18

Tenemos noticia de que nos han de asaltar veinte y dos mil moros no mal armados, y nosotros no somos mas que dos mil; yo, por mi solo, me encargo de dos mil y a mi caballo le sobran otros tantos. ?Y que son nueve mil moros para la infanteria de nuestro valeroso campo, y otros nueve mil para vosotros, mis ilustres caballeros, que teneis tanto animo y tan acreditado esfuerzo? Pero todavia nos sobra el belico sonido de nuestras claras trompetas, cuyo espantable estrepito basta para desmayar a otros tantos diez mil moriscos.

Gines Perez de Hita, Guerras civiles de Granada,

arenga del marques de los Velez a su ejercito

Habrian servido de algo sus desvelos por salvar a Isabel?, se preguntaba Hernando algo mas de un mes despues de dejarla en manos del marques de los Velez, de nuevo a la vista de Berja. ?Continuaria la nina en el interior de la ciudad? Si asi era, la volverian a capturar... quiza hasta descubrieran que no la habia vendido.

Aben Humeya se habia decidido a atacar Berja, obligado por los moriscos del Albaicin de Granada, que exigian la derrota del sanguinario noble para sumarse a la rebelion. Aquel era el momento adecuado: las tropas del marques estaban mas que diezmadas por las deserciones, pero esperaban refuerzos de Napoles que, junto a la flota real, acababan de arribar a las costas andaluzas. ?A quien le cabia la menor duda de que los musulmanes arrasarian al ejercito del Diablo Cabeza de Hierro?

El rey dispuso que el ataque se efectuara durante la noche y empezaba a oscurecer. El gran campamento morisco, a las afueras de la ciudad, hervia de actividad. Los hombres se preparaban para la guerra. Disponian de armas; gritaban, cantaban y se encomendaban a Dios. Sin embargo, aun entre los preparativos y el alboroto, muchos de ellos, igual que Hernando sobre su morcillo, igual que el rey y su corte, desviaban constantemente su atencion hacia cerca de medio millar de soldados algo separados del resto.

Se trataba de muyahidin turcos y berberiscos que se ataviaban con camisas blancas sobre sus ropas para distinguirse en la oscuridad, al modo de las encamisadas nocturnas de los tercios espanoles, y que convencidos de la victoria, adornaban sus cabezas con guirnaldas de flores. El hashish corria con abundancia entre aquellos soldados de Ala que habian jurado morir por Dios; tambien solicitaron del rey el honor de encabezar el ataque a la ciudad.

Una vez que Aben Humeya dio la orden, los observo abalanzarse ciegamente contra la ciudad. ?Como no iban a vencer esos hombres?, volvio a preguntarse Hernando. Los gritos y los alaridos de guerra; los disparos de los arcabuces; el retumbar de los atabales y el sonido de las dulzainas envolvieron al muchacho. ?Que importaba Isabel frente a esos martires de Dios? Hernando, como la casi totalidad de los hombres del ejercito que quedaban atras, sintio un escalofrio y grito con fervor en el momento en el que los muyahidin aplastaron a los cristianos que defendian el acceso al pueblo. Aben Humeya dispuso entonces que el grueso del ejercito morisco se sumase al asalto.

Varios monfies que se hallaban a su lado aullaron y espolearon a sus caballos para cubrir la distancia que les separaba de la villa. Hernando desenvaino su alfanje y se sumo al frenetico galope, gritando enloquecido.

Pero en el interior de las callejuelas de Berja no se podia luchar. Hernando ni siquiera podia dominar al morcillo; debido a la gran cantidad de soldados musulmanes que accedieron al pueblo, estos se apretujaban entre los edificios y con ellos, los caballos. No encontro ningun enemigo en el

Вы читаете La Mano De Fatima
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату