Encontro la lampara, prendio la mecha y el sotano gano algo de luz.
—?Hereje! —Solto tan pronto como sus ojos se acostumbraron a la penumbra—. ?Quien iba a creer en tu palabra? —Virgenes y crucifijos, un caliz, mantos y casullas y hasta un pequeno retablo se amontonaban junto a viejos toneles de viveres, ropas y mercaderias de todo tipo.
—Valen mucho dinero —se defendio el mercader.
Hernando se mantuvo en silencio durante unos instantes y luego rozo con los dedos la figura de una Virgen con el Nino que se hallaba cerca de el. «En esta ocasion me has salvado», estuvo tentado de decirle. De no ser por todas aquellas imagenes..., uno de los dos habria muerto.
—?Donde tienes los ducados? —pregunto.
—En una pequena arca, justo al lado de la lampara.
—Sientate —le ordeno despues de cogerla—. Despacio, con las piernas extendidas y abiertas —anadio cuando el mercader empezo a incorporarse pesadamente—. Cuenta trescientos ducados e introducelos en una bolsa.
Salah termino y Hernando volvio a dejar el arca y la bolsa sobre el arcon.
—?Los vas a dejar ahi? —inquirio Salah extranado.
—Si. No creo que haya mejor lugar para los dineros del rey.
Cerraron la puerta igual que la abrieron, con Hernando amenazando al mercader.
— Entregame una de las llaves. Esa, la mas grande —le exigio una vez que Salah hubo terminado de manejar las cerraduras—. Bien —continuo con la llave ya en su poder—, ahora viene la ultima parte: me acompanaras a ver al jefe de la guardia de arcabuceros . Si hablas, yo intentare excusarme. Me creeran o no, pero seguro que eso tu no llegaras a verlo con todo lo que escondes ahi dentro. Te mataran sin contemplaciones. ?De acuerdo?
El mercader se mantuvo en silencio en el patio, escuchando como Hernando hablaba con el jefe de los arcabuceros y le ordenaba que uno de sus hombres montara guardia permanente frente a la puerta de acceso a los sotanos.
—En su interior se hallan los dineros del rey —explico—. Solamente podremos entrar los dos a la vez, Salah y yo. Si algun dia me sucediese algo, debereis forzar la puerta y recuperar lo que es del rey.
Ruega al Misericordioso —le dijo despues a Salah, cuando ambos ya se encontraban dentro de la casa— que no me suceda nada.
—Orare por ti —aseguro el mercader muy a su pesar.
A la manana siguiente, temprano, cada cual abrio su cerradura bajo la mirada del arcabucero de guardia, en lo alto de las escaleras. Una vez dentro, Salah se apresuro a cerrar la puerta pero Hernando la mantuvo entreabierta, lo suficiente como para que el mercader tuviera que permanecer atento a cualquier ruido que se produjese en las escaleras, mientras corria el peligro de que alguien mas viera sus mercancias. Hernando cogio varios ducados y se los entrego a Salah.
—Ve a comprar cebada y forraje —le dijo—. Suficiente para varios dias y para todos los animales. Lo quiero todo aqui a lo largo de esta manana, y por
