Ugijar te la ha comprado. Lo se. —Hernando no habia previsto aquella posibilidad y sin embargo... ?De repente se sintio tranquilo! Alli mismo tenia la solucion. La ansiedad que le habia perseguido durante todo el dia desaparecio de subito, mientras pergenaba su plan. Salah continuaba hablando con una mueca triunfal en sus labios—: ?Ladron! ?Que has hecho con ella? ?La has violado y matado? ?Te la has quedado para ti? Vale mucho dinero... Entregamela y no te denunciare; en caso contrario... —El mercader hablaba y amenazaba. Hernando se afianzo sobre el piso—. Lo hare, acudire al rey y te ejecutaran.

—Si que la he vendido —afirmo Hernando; su dura mirada se poso sobre el gordo y taimado comerciante.

—Mientes.

— La he vendido al unico mercader que conozco en Ugijar... Pensaba que a traves de el obtendria un mejor precio, pero...

—?A quien...? —empezo a preguntar Salah, pero se interrumpio al ver como el muchacho echaba mano al alfanje.

— Pero ese gordo mercader no me ha pagado —continuo Hernando con aplomo— y ahora no tengo ni cristiana ni dinero con que alimentar a los caballos del rey.

Desenvaino y presiono con el alfanje la barriga de Salah, que retrocedio un solo paso hasta la pared; Hernando apreto con fuerza la empunadura; todos los musculos de su brazo estaban en tension: esta vez no se dejaria desarmar.

—?Quien te iba a creer? —Balbuceo Salah, comprendiendo la trampa que le tendia el muchacho—. Sera... sera tu palabra contra la mia y nunca podras demostrar que me la has entregado.

—?Tu palabra? —Hernando entrecerro los ojos—. ?Nadie podra oir tu palabra!

Cuando hizo ademan de clavar el alfanje, Salah cayo de rodillas. La espada corrio hasta su garganta y rasgo las vestiduras del mercader.

—?No! —suplico Salah. Hernando presiono el afilado extremo de la espada contra la nuez—. Hare lo que quieras, pero perdoname la vida. ?Te pagare! ?Te pagare lo que desees!

Luego lloro.

—Trescientos ducados —cedio Hernando.

—Si, si. Claro. Si. Trescientos ducados. Lo que quieras. Si.

El llanto no duro mas que unos escasos instantes. Hernando volvio a ejercer un poco de presion sobre la nuez del mercader.

— Si me enganas, sufriras. Palabra de Ibn Hamid. —Salah nego repetidamente con la cabeza—. Levantate y abre el almacen. Vamos a buscar el dinero.

Descendieron los escalones con la espada en la nuca del mercader. Salah tardo en abrir las dos cerraduras con que protegia el acceso; su espalda impedia que la linterna con que el muchacho se hizo iluminara lo suficiente.

—?De rodillas! —exigio Hernando cuando la puerta se entreabrio y Salah hizo ademan de cruzarla—. Camina como un perro. —El mercader obedecio y accedio al almacen a cuatro patas. Hernando cerro la puerta de una patada. Luego intento atisbar el interior sin dejar de amenazar a Salah, que resollaba—. ?Ahora tumbate en el suelo, con los brazos y las piernas en cruz! Como note que haces el mas minimo movimiento, te matare. ?Donde hay otra lampara?

—Delante de ti, sobre un arcon. —Salah acabo tosiendo debido al polvo que sus palabras levantaron del suelo.

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