A Hernando lo capturaron en el sotano, junto a Salah, mientras se apropiaba de los dineros que restaban de los trescientos ducados que le entregara el mercader. El y Fatima los necesitarian mas que el malogrado Aben Humeya. Desde el sotano, escucharon los gritos de los soldados enviados por Brahim al irrumpir en la casa, y se quedaron paralizados. Luego, tras unos instantes de confusion, oyeron los pasos de aquellos hombres que descendian en tropel por las escaleras que llevaban hasta los tesoros del mercader.
Alguien abrio la puerta entrecerrada de una fuerte patada. Cinco hombres accedieron al sotano con las espadas desenvainadas. Aquel que parecia mandarlos fue a decir algo pero enmudecio a la vista de los objetos sacros que se amontonaban en su interior; los demas, tras el, trataban de escrutar en la penumbra.
Crucifijos, casullas bordadas en oro, la imagen de una Virgen, algun caliz y otras piezas, descansaban a los pies de Aben Aboo. Junto a ellas, Hernando y Salah maniatados, y detras Fatima y Aisha. Al contrario que Aben Humeya, el nuevo rey no seguia protocolo alguno y escucho a Brahim alli donde se encontraron: en una estrecha callejuela de Laujar de Andarax con una comitiva de turcos y capitanes apelotonados a su alrededor. Los soldados que acompanaban a Brahim habian dejado caer al suelo con gran estrepito los objetos que tomaron del sotano del mercader.
Antes de que se apagase el tintineo de un caliz que continuaba rodando sobre las piedras, Salah lloriqueo e intento excusarse. El propio Brahim le hizo callar de un golpe dado con la culata de su arcabuz; de la boca del mercader empezo a manar un reguero de sangre. Hernando miraba directamente a Aben Aboo, mucho mas gordo y flacido que cuando le conocio en la fiesta nupcial en Mecina. En las ventanas y balcones de las pequenas casas encaladas de dos pisos se asomaban mujeres y ninos.
—?Es esta la mujer de la que tanto me has hablado? —pregunto el rey senalando a Fatima. Brahim asintio—. Tuya es, pues.
—La voy a desposar —salto entonces Hernando—. Ibn Umayya... —Espero el golpe de Brahim, pero no llego. Le dejaron hablar—: Ibn Umayya me concedio su mano y vamos a casarnos —tartamudeo.
Mas de una veintena de personas, incluido el rey, tenian la mirada clavada en el.
—La ley..., la ley dice que tratandose de una viuda tiene que consentir en casarse con Brahim —anadio Hernando.
—Y lo ha hecho —afirmo Aben Aboo, en una muestra de cinismo—. Yo la he visto consentir. Todos lo hemos visto, ?no?
A su alrededor se produjeron gestos de asentimiento.
Instintivamente Hernando se volvio hacia Fatima, pero en esta ocasion Brahim le propino una bofetada y el rostro de la chica se desdibujo en una vision fugaz.
—?Acaso dudas de la palabra de tu rey? —inquirio Aben Aboo.
Hernando no contesto: no habia respuesta. El rey tanteo con el pie la figura de la Virgen, asqueado.
—?Que significa todo esto? —anadio, dando por cerrada la cuestion de Fatima.
Brahim puso al rey al tanto de los objetos que habian hallado los soldados en los sotanos de la casa de Salah. Finalizado el relato, Aben Aboo entrecruzo los dedos de las manos y con los indices extendidos sobre el puente de la nariz penso durante unos instantes sin apartar la mirada de aquellos tesoros cristianos.
— Tu padrastro —afirmo un momento despues,
