dirigiendose al muchacho— siempre ha sostenido que eras cristiano. Te llaman el nazareno, ?no es verdad? Ahora entiendo por que Ibn Umayya te protegia: el perro hereje murio encomendandose al Dios de los
Salah cayo de rodillas y aullo suplicando misericordia. Brahim volvio a golpearle. Hernando ni siquiera prestaba atencion a la sentencia. ?Fatima! Era preferible morir a verla en manos de Brahim. ?Que podia importarle la vida si Fatima...?
—?Te compro al joven!
La oferta sacudio a Hernando. Alzo el rostro y se irguio para encontrarse con Barrax, que habia dado un paso adelante. Muchos de los presentes sonrieron sin disimulo. Aben Aboo volvio a pensar. El nazareno merecia morir; le constaba que su lugarteniente asi lo deseaba, pero una de las causas de la desgracia de Aben Humeya radicaba en no haber contentado a turcos y arraeces. No deseaba cometer el mismo error.
—De acuerdo —consintio—. Habla con Brahim para fijar el precio. El cristiano le pertenece.
Igual que el habia llevado a Isabel: asi recorrio Hernando las callejuelas de Laujar hasta el campamento del arraez y sus tropas, arrastrando los pies tras varios berberiscos de los de Barrax. Perdio una de sus zapatillas, pero continuo andando. Del mismo modo que arrastraba los pies, arrastraba sus recuerdos. ?Que seria de Fatima? Cerro los ojos en vano esfuerzo por intentar alejar de el la imagen de Brahim montando sobre Fatima. ?Que haria ella? No podia oponerse, pero... ?y si lo hacia? Un fuerte tiron de la cuerda que ataba sus manos le obligo a continuar; se habia detenido. Trastabillo. Alguien le escupio al grito de nazareno. Desvio la mirada hacia el morisco: no lo conocia. Tampoco al siguiente, unos pasos mas alla, que le trato de perro hereje. Al doblar una calle, varios moriscos se burlaron de el ante unas mujeres con las que charlaban. Uno de ellos entrego una piedra a un nino de no mas de cinco anos para que se la lanzase. Dio sin fuerza en su cadera y el grupo entero jaleo al chaval. Dejo de pensar en Fatima y se lanzo sobre los moriscos. La soga resbalo de las manos del desprevenido hombre de Barrax. Hernando se abalanzo sobre el mas cercano, que troco las carcajadas por un alarido de panico antes de caer derribado. Intento golpearle pero no pudo con las manos atadas. El hombre pugno por zafarse de el con los brazos y Hernando le mordio con fuerza, preso de una rabia incontenible. Los secuaces de Barrax le alzaron sin contemplaciones; Hernando se irguio, desafiante, la boca manchada de sangre, dispuesto a presentar batalla, pero los berberiscos no solo no le maltrataron sino que le defendieron de los otros moriscos; aparecieron alfanjes y dagas y los dos grupos se tentaron.
—Si teneis alguna reclamacion —profirio uno de los berberiscos—, acudid con ella a Barrax. Es su esclavo.
Los moriscos bajaron las armas ante el nombre del arraez y Hernando escupio a sus pies.
A partir de entonces, tratando de no danarle, como si fuera una preciada mercancia, los berberiscos lo llevaron en volandas; cuatro de ellos fueron necesarios ante las patadas, aullidos y mordiscos que lanzaba.
En el campamento de Barrax lo ataron a un arbol. Hernando siguio gritando, insultandoles a todos. Solo callo en el momento en que Ubaid se acerco y se planto ante el, acariciandose el munon de su muneca derecha.
