impidio poniendo su mano encima de la alhaja.

—No renuncies a la esperanza —le dijo, al tiempo que apretaba aquel simbolo contra su pecho.

Fue la primera vez que Fatima lloro.

—?Esperanza? —balbuceo—. Solo la muerte me procurara esperanza... una larga esperanza.

La peticion de mano se efectuo en la misma posada, en un pequeno y frio jardin interior, frente al rey en su condicion de wali y en presencia de la variopinta corte que le acompanaba. Dali, capitan general de los turcos, y Husayn actuaron como testigos. Brahim se presento y, conforme al ritual, pidio a Aben Aboo la mano de Fatima, quien se la concedio. Luego vinieron las exhortaciones, dirigidas por un viejo alfaqui de Laujar. Fatima, en su condicion de viuda, tuvo que contestar a ellas personalmente y juro que no existia otro Dios que Dios, y que, por las palabras del Coran, contestaba la verdad a las preguntas que se le formulaban: queria ser casada a honra y conforme a la Suna del Profeta.

—Si bien jurais —termino el alfaqui—, Ala es testigo y El os de su gracia. Asimismo, si mal jurais, Ala os destruya y no os de su gracia.

Antes de que el rey empezase a dar lectura a la trigesimosexta sura del Coran, Fatima alzo los ojos al cielo: «Que Ala nos destruya», repitio en silencio.

Los pies tatuados con alhena fue lo unico que se pudo ver de Fatima a lomos de la mula blanca que avanzaba conducida por el ronzal por un esclavo negro; la novia iba montada de lado, vestida con una tunica tambien blanca que la cubria desde la cabeza. De tal guisa, aplaudida y jaleada por miles de moriscos, Fatima recorrio el pueblo para volver a la posada. De regreso a ella, subio a la habitacion de Brahim, y en el lecho, sin hablar, la taparon con la preceptiva sabana blanca bajo la que debia permanecer con los ojos cerrados. Mientras el enlace era celebrado con musica y zambras en las calles, Fatima percibio el trasiego de decenas de personas por la habitacion. Tan solo en una ocasion alzaron el ligero manto que la protegia.

—Entiendo tu deseo —oyo que decia con un suspiro Aben Aboo, que habia levantado la sabana mas de lo que resultaba necesario para observar el rostro—. Disfrutala por mi, amigo, y que Ala te premie con muchos hijos.

Al finalizar las visitas, Fatima se sento sobre los cojines del suelo y cerro la mente a su proximo encuentro con Brahim; hizo caso omiso a los desvergonzados e insistentes consejos de las exultantes mujeres que se quedaron con ella; rechazo cuanta comida le ofrecieron y, durante la espera, al oir la musica que le llegaba desde las calles, trato de encontrar algun recuerdo en el que refugiarse, pero ?cantaban por ella! ?Celebraban su boda con Brahim! La imagen de Aisha, sentada frente a ella al otro lado de un brasero, inmovil, con los ojos humedos y el pensamiento perdido en ese hijo al que acababan de esclavizar, no le proporciono consuelo. Se aferro entonces a lo unico que parecia sosegarla: la oracion. Rezo en silencio, como hacen los condenados; recito todas las plegarias que sabia y dejo que sus temores se fundieran con los rezos. Era una fe desesperada, pero su fuerza crecia con cada palabra, con cada invocacion.

Pasada la medianoche, el revuelo de las mujeres le anuncio la llegada de Brahim al dormitorio. Una de ellas le retoco el cabello y le arreglo la tunica sobre los hombros. Rehuso volver el rostro hacia la puerta por la que se apresuraban a salir las mujeres y clavo su mirada en el brasero. «Muerte es esperanza larga», musito entonces con los ojos cerrados, pero ella no se encaminaba a la muerte. ?Que esperanza cabia hallar entonces? El chasquido del cerrojo acallo canticos y dulzainas y Fatima llego a escuchar la respiracion agitada de Brahim a sus espaldas.

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