Senora de los Angeles. Todavia habia suficiente luz natural. La gente entraba y salia de los mesones y la gran plaza hervia.

—?Y bien? —inquirio el hidalgo.

Hernando resoplo. ?Y si echaba a correr? Como si hubiera imaginado sus intenciones, don Nicolas lo agarro del brazo y lo arrastro al meson de la Romana. Accedieron al establecimiento empujando sin contemplaciones a un parroquiano que estaba en la puerta. Desde alli mismo, el hidalgo le zarandeo exigiendole una respuesta.

—No. Aqui no estan —afirmo el muchacho despues de que algunos clientes callasen y sostuviesen su mirada cuando Hernando paseo la suya por el interior del meson.

Lo mismo alego en el de los Leones. ?Podian no estar!, penso en el momento de entrar en el meson del Carbon. ?Por que tenian que estar? Pero entonces, sus cuatro reales... ?Que decision tomaria el hidalgo? Nunca dejaria que las cosas quedasen asi. ?Su honor! ?Su apellido! Le obligaria a esperar toda la noche y despues... ?Le habia pagado lo que el creia el salario por trabajar durante un mes!

Una fuerte carcajada interrumpio sus reflexiones. En una de las mesas, un hombre barbudo, ataviado con las coloridas vestimentas de un soldado de los tercios, alzaba un vaso de vino y fanfarroneaba a gritos frente a dos hombres que le acompanaban. Era evidente que estaba bebido.

—Aquel —senalo, presto a escapar tan pronto como don Nicolas se despistase.

Pero el hidalgo ejercio aun mas presion sobre su brazo, como si se preparase para la pelea.

—?Vos! —grito don Nicolas desde la puerta.

Las conversaciones cesaron de repente. Unas risas se cortaron en seco. Un par de clientes, los mas cercanos, se levantaron a toda prisa de su mesa y se apartaron tropezando con las sillas. Hernando noto que le temblaban las piernas.

—?Como habeis osado mancillar el apellido de los Varus? —volvio a gritar el hidalgo.

El hombre se levanto con torpeza y trato de trasegar el resto del vino, que le chorreo por la barba. Echo mano a la empunadura damasquinada de su espada.

—?Quien sois vos, senor, para levantarme la voz? —rugio—. ?A un alferez del tercio de Sicilia, hidalgo vizcaino! —Hernando se encogio nada mas escuchar aquellas palabras. ?Otro hidalgo!—. Si es cierto vuestro linaje, cosa que dudo, no lo mereceis.

—?Dudais de mi linaje? —grito don Nicolas.

—Os lo dije —trato de susurrarle entonces Hernando—. Eso es lo que oi, que lo dudaba... —Pero don Nicolas no le presto atencion; de repente Hernando se vio libre de la presion sobre su brazo.

—?Vos mismo mancillais vuestro apellido! —bramo el alferez.

—?Exijo una reparacion! —chillo a su vez don Nicolas.

—?La tendreis!

Ambos hidalgos desenvainaron sus espadas. La gente que todavia quedaba en las mesas se levanto para dejar el espacio franco y los dos caballeros se encararon.

Hernando permanecio unos instantes atonito. ?Se iban a

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