ganaban, cobraban la blanca. Perdio algunas monedas, pero gano la mayoria de las apuestas y mientras los mozalbetes cumplian su parte del trato, el acudia al campo de la Verdad donde simulaba recoger estiercol arrastrandose por debajo de las mulas. Entonces, algun tratante de caballos senalaba al morisco sucio y maloliente, le agarraba del cabello y le montaba en un palafren para convencer al comprador de que el caballo era manso y no tenia vicio alguno, y Hernando caia encima de la montura como un saco, aparentemente atemorizado, como si jamas hubiera montado, mientras el tratante cantaba las excelencias de un animal capaz de soportar a un jinete inexperto. Si el trato se cerraba, Hernando recibia su dinero.

Una noche ayudo a un caballero a trepar la tapia del convento de monjas de Santa Cruz, esperando al otro lado para lanzarle la soga de vuelta mientras en la oscuridad percibia las risillas de la pareja primero y los jadeos apasionados despues. Pero no todas sus correrias finalizaron con exito. En una ocasion se unio a un grupo de mendigos forasteros que no tenian permiso para limosnear en Cordoba. La mendicidad estaba perfectamente regulada en Cordoba y solo podian practicarla aquellos que contaban con la autorizacion del parroco. Una vez que acreditaban haber confesado y comulgado, se les entregaba una cedula especial que se colgaban al cuello y que les permitia pedir limosna dentro de los limites de su parroquia. Uno de aquellos mendigos clandestinos tenia la rara habilidad de contener la respiracion hasta simular estar muerto: su semblante adoptaba un color mortecino que convencia a cuantos le miraban. Eligieron la plaza de la Paja, alli donde se vendia la paja de escana para los jergones, y el mendigo se dejo morir causando un gran revuelo entre los parroquianos. Hernando y otros compinches se acercaron al cadaver, llorandolo y pidiendo limosna para darle cristiano entierro, a lo que la gente, conmovida, respondio con generosidad. Pero resulto que un sacerdote, que se hallaba de paso en Cordoba, habia presenciado el mismo ardid en Toledo, por lo que se acerco al muerto y ante la indignacion de la apenada concurrencia, la emprendio a puntapies con el mendigo. A la tercera patada en los rinones, el muerto revivio, y Hernando y sus complices sufrieron para escapar de las iras de los embaucados.

Tambien trabajaba para los coimeros, los duenos de los garitos ileg ales donde se jugaba a naipes o a dados. Conocio a un chaval unos anos mayor que el, Palomero le llamaban, que se dedicaba a captar a los potenciales clientes. Palomero tenia un sentido especial para saber que forastero andaba a la busqueda de una casa de tablaje en la que apostar sus dineros y, en cuanto lo veia, corria a por el para aconsejarle e insistirle en que fuera a la de Mariscal, que era quien le pagaba. Hernando le ayudaba a menudo, sobre todo impidiendo que los demas captadores de clientes que se movian por la plaza del Potro llegaran al jugador que Palomero habia descubierto. Les zancadilleaba, les empujaba o utilizaba cualquier treta para conseguirlo.

—?Al ladron!—se le ocurrio gritar una noche ante un joven al que no pudo retener y que se dirigia ya al jugador con el que negociaba Palomero.

De algun lugar aparecio un alguacil que se lanzo encima del joven, pero eso tampoco le sirvio de nada a Palomero, puesto que el jugador desaparecio entre el barullo.

Como tenia que suceder, fueron muchas las reyertas en las que se vio envuelto y muchos los golpes que recibio en ellas, lo que le granjeo una sincera amistad por parte de Palomero, y algunos dineros mas de los que habian pactado. Charlaban, reian y compartian comida, y Hernando nunca dejaba de sorprenderse ante las constantes muecas que Palomero conseguia hacer con su cara.

—?Ahora? —preguntaba a Hernando.

—No.

—?Y ahora? —insistia al cabo de unos instantes.

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