batir en duelo! Abrio la mano sudorosa, y observo la moneda de cuatro reales. La lanzo un par de veces al aire, recogiendola en la palma, y abandono el meson. ?Imbeciles!, penso al escuchar el chasquido metalico del primer choque entre los aceros.

Volvio a la calle de Mucho Trigo con una sensacion extrana, diferente a la que hubiera debido proporcionarle aquella victoria por la que tantos riesgos habia corrido: dos nobles se estaban jugando la vida sin que ninguno de ellos se hubiera ni siquiera preocupado de lo que pretendia su enemigo. ?Y todo por una simple palabra malentendida! En el camino, cuando ya habia anochecido, se topo con una procesion de ciegos que andaban en hilera, atados unos a otros, y rezaban el rosario pidiendo limosna, como hacian tres noches por semana mientras recorrian las calles de Cordoba desde el hospital de Ciegos en la calle Alfaros. Un hombre que rezaba y cuidaba de las velas de una imagen de la Virgen en la fachada de un edificio dejo caer una moneda en el cazo que movia ritmicamente el primero de los ciegos; Hernando se aparto de su camino y apreto su moneda de cuatro reales. ?Cristianos!

Habia conseguido bastante dinero desde que conocio los escarceos entre el oficial de la curtiduria y la esposa del maestro. Lo penso durante varias noches: sabia escribir y sumar, y seguro que aquellos conocimientos podian proporcionarle una labor mejor remunerada y lejos del estiercol, trabajo por el que cobraba menos que un criado, pero opto por no hacerlo. Su cometido en el pozo del estiercol, que se hallaba alejado y escondido a los demas operarios de la curtiduria que tampoco se acercaban al lugar, le proporcionaba una libertad, consentida y encubierta por el oficial, de la que no habria podido gozar en otro puesto.

Desde entonces, las expediciones a la otra orilla del Guadalquivir en La Virgen Cansada, que aguantaba con tenacidad un viaje tras otro, se repitieron en numerosas ocasiones. Hernando y Juan trabaron amistad y sus conversaciones nocturnas sobre las mujeres del burdel berberisco, mas alla de la parada de Sevilla, se desarrollaban entre chanzas y bromas.

— ?Como vas a montar a tres mujeres al tiempo si eres incapaz de bogar con fuerza! —le azuzaba Hernando, achicando sin cesar, cuando La Virgen se cansaba y se anegaba del agua del Guadalquivir en los tornaviajes.

Pero aquella amistad tambien le proporcionaba algo mas que el par de blancas que el tratante de mulas le pago en la primera ocasion: Hernando participaba en los beneficios del contrabando de vino. El Potro y su ambiente —poblado de aventureros, bribones y sinverguenzas— llegaron a convertirse en su verdadero hogar. Continuaba trabajando en la curtiduria; necesitaba la respetabilidad que le concedia aquel puesto de trabajo ante el justicia o el sacerdote de San Nicolas cuando los visitaban para controlar que se convertian en buenos cristianos, pero su vida estaba en el Potro.

Mientras los muchachos de los barrios de San Lorenzo o de Santa Maria le transportaban los pellejos desde el matadero, Hernando acudia a la Calahorra a trapichear con Juan y los demas tratantes. Sonreia siempre que recordaba como habia logrado deshacerse de tan ingrata tarea. En sus primeros viajes, al rodear la muralla, vio como los chicos de los diferentes barrios se peleaban a pedradas en el camino de ronda y sus alrededores. Aquellas refriegas habian llegado a ocasionar algun muerto y bastantes heridos entre los despistados que transitaban por la zona, por lo que el cabildo municipal decidio prohibirlas, pero los chavales no hacian caso a las ordenanzas y las pedreas se sucedian. La primera vez que Hernando se vio envuelto en una de ellas, entre decenas de muchachos apedreandose, se protegio con los pellejos hasta que decayo la lucha. Otros dias los vio entrenarse para la siguiente pedrea. ?Quien podia ganar a un alpujarreno lanzando piedras?, penso entonces. Una blanca fue la apuesta. Punteria a un palo: si perdian ellos, le llevaban los pellejos hasta la curtiduria; si

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