el otro lado de la estancia, entrelazaron sus manos y contuvieron la respiracion. Hernando no estaba. Brahim balbuceo algo ininteligible. Golpeo al aire con uno de sus punos en repetidas ocasiones, y continuo grunendo e imprecando. Fatima permanecio en pie frente a el: temia que alguno de esos golpes le acertase en el rostro. Pero no fue asi.

—Nunca seras una mujer libre... por mas dinero que pueda conseguir el nazareno —sentencio Brahim—. ?Lo entiendes, mujer? —Fatima no contesto, enfrentada a la furia de Brahim—. ?Que te has creido? ?Soy tu esposo! —Por un instante Fatima creyo que iba a forzarla alli, delante de todos, pero Brahim miro a su alrededor y se contuvo—. No eres mas que un monton de piel y huesos. ?Nadie querria yacer contigo! —anadio con un gesto de desprecio antes de encaminarse hacia Aisha.

Las rodillas le cedieron y Fatima se dejo caer al suelo, sorprendida por haber aguantado el reto en pie. Transcurrio un largo rato antes de que se mitigaran los temblores y su respiracion se normalizase. Lo habia pensado una y mil veces, segura de que no tardaria en llegar el dia en que, a pesar de su delgadez y su aspecto escasamente deseable, Brahim volveria a pretenderla. Y asi habia sucedido. El tiempo habia ido jugando a su favor y la entrega de todos sus dineros para el rescate del primer morisco, algo que la comunidad juzgo como el primer signo de que, tras la derrota, continuaban siendo un pueblo unido por su fe, la convencio definitivamente. ?Por que, entonces, tenia que entregarse a un hombre al que aborrecia? ?Acaso no acababa de renunciar a la posibilidad de su libertad, de sus ilusiones y de su futuro por los seguidores del Profeta? La comunidad se lo agradecio, a ella y a un Hernando que termino cediendo. Despues de escuchar las palabras de Hamid, este la habia mirado a traves del patio una vez mas; ella levanto los ojos al cielo y el siguio aquel camino con los suyos. Luego la perdono con una simple mueca de aprobacion. ?Toda Cordoba sabia de su generosidad! Brahim pregunto por el origen del dinero y Hamid le contesto sin tapujos. Fatima se sentia segura; sabia que contaba con el apoyo de la comunidad... Y de eso tambien era consciente Brahim. Ademas, su pequeno Humam ya no estaba para convertirse en moneda de cambio por sus atenciones sexuales. Tambien la muchacha penso en ello: quiza..., quiza Dios y el Profeta habian decidido liberar al nino de lo que hubiera sido una terrible carga durante toda su vida. ?Se lo debia a ella misma y a aquel hijo perdido! Y en cuanto a la posibilidad de que Brahim maltratase a Aisha, como hacia en las Alpujarras, ?que era un musulman sin hijos? Musa y Aquil no habian vuelto a aparecer; nada sabian de ellos, aunque todos se mantenian al tanto por si los veian. Algunos moriscos acudieron al cabildo municipal quejandose de que aquellos hijos que les habian robado eran tratados como esclavos por las familias de acogida, pero los cristianos no les hacian caso, como tampoco se lo hacian a la pragmatica real que impedia que los ninos moriscos menores de once anos fueran hechos esclavos. Cordoba, al igual que todos los reinos cristianos, rebosaba de ninos, acogidos o esclavos, utilizados por sus amos como pequenos criados o trabajadores hasta que alcanzaban la edad de veinte anos. Aisha estaba a salvo, concluyo Fatima: mientras estuviera embarazada y probablemente durante la lactancia del pequeno, Brahim no maltrataria, ya que eso pondria en peligro al nuevo hijo, tan deseado. Esa noche, mientras trataba de recuperar la calma, Brahim confirmo sus reflexiones y no se ensano con su primera esposa como hacia en las Alpujarras. Entonces Fatima lloro en silencio, y lo hizo en la seguridad de que solo un paso mas alla de donde ella se habia dejado caer, exangue, Aisha tambien estaria llorando en secreto, consolandola sin palabras, tal y como las dos mujeres habian aprendido a comunicarse alla, en la sierra.

A esa misma hora Hernando cruzaba la puerta de una pequena casa destartalada de la calle de los Moriscos, en el barrio de Santa Marina. Desde que Fatima habia entregado sus dineros para el rescate del primer esclavo morisco y Hamid le llamo la atencion, habia cambiado de actitud. ?Y se sentia mejor! ?Por que no confiar en Dios? Si Fatima y Hamid lo hacian... Ademas, ella le habia prometido que Brahim no la tocaria, y la creyo, ?Dios, si la creyo! «Antes me quitare la vida», le habia asegurado con firmeza. Enaltecido por la

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