promesa, Hernando puso a disposicion de sus hermanos de fe la facilidad con que se movia por Cordoba, sus muchos contactos, su inteligencia y su picardia. Y la comunidad lo recibio con afecto y agradecimiento. Unos sentimientos que Fatima tambien compartia, mucho mas que en las ocasiones en que el le habia entregado una moneda para comprar la mula con que pretendia trocarla: el dinero lo cogia y lo escondia, casi por obligacion, insatisfecha, como si dudase de que aquel fuera el camino. ?La habia valorado en una simple mula vieja!, se lamentaba el ahora al verla sonreir, con los ojos negros inmensamente abiertos mientras escuchaba cual era el ultimo servicio que Hernando habia prestado a algun hermano. Habia mucho que hacer, le aseguro Hamid en la larga conversacion que sostuvieron tras la fiesta del primer rescate.

Porque, pese a todo, Cordoba atraia a los moriscos. Era la ciudad califal, la que alcanzo la sublimacion de la cultura y religion musulmanas en Occidente, y las condiciones de vida alli en poco se diferenciaban a las que los moriscos padecian en cualquier otra ciudad o pueblo espanol. En todos ellos la presion cristiana era sofocante; aun mas, si eso es posible, en los pueblos pequenos, donde los moriscos sufrian de cerca el odio de los cristianos viejos. Y en todos sin excepcion, eran explotados por las autoridades o los senores del lugar. Por eso, transcurridos ya dos anos desde la deportacion, un constante goteo de inmigrantes sin permiso iba llegando a Cordoba, atraidos por su pasado y por el auge que vivia la ciudad en aquellos tiempos.

Por orden real, los moriscos no podian ausentarse de sus lugares de residencia a menos que llevaran la correspondiente autorizacion expedida por las autoridades locales, en la que debia constar la descripcion fisica detallada de la persona, adonde se dirigia, para que y cuanto tiempo estaba autorizado a permanecer fuera del pueblo en el que estaba censado. Decenas de ellos conseguian la cedula con alguna excusa y llegaban a Cordoba pero, al vencimiento del plazo, se encontraban en la ciudad sin la cedula de la que debian disponer todos los moriscos residentes en Cordoba.

De acuerdo con Hamid y con dos ancianos del Albaicin granadino que habian asumido el control y el mando de la comunidad, Hernando se ocupaba de aquellos recien llegados. Una vez caducados sus permisos, se les planteaban dos posibilidades: contraer matrimonio con una morisca previamente censada en Cordoba o permitir su detencion por las autoridades y cumplir una pena de tres o cuatro semanas en la carcel. El cabildo municipal entendia que aquel flujo beneficiaba a la ciudad, ya que aportaba mano de obra barata y mayores rentas a los propietarios de casas, por lo que en ambos casos, ya fuera a traves del matrimonio o del cumplimiento de la condena, se concedia la correspondiente cedula que acreditaba a quienes la poseian como vecinos de Cordoba.

Hernando sabia de todos los moriscos que se escondian en las casas de sus correligionarios cuando les habia caducado el permiso que les permitia moverse libremente por la ciudad. Actuaba como casamentero, como esa noche en la que entraba en un pequeno edificio de la calle de los Moriscos con el fin de anunciar que habia encontrado una esposa para un buen peraile de Merida, cuyo oficio era muy demandado en Cordoba dentro del gremio de tejedores.

Pero no todos los indocumentados eran perailes, ni todas las moriscas cordobesas estaban dispuestas a contraer matrimonio, porque la mayoria terminaba en la carcel y ahi era donde el muchacho tenia que actuar con mayor tiento.

La carcel real no era mas que un negocio arrendado a un alcaide en donde la unica obligacion de las autoridades era proveer de un local en el que recluir a los presos, con sus correspondientes grilletes y cadenas. Los presos debian comprar la comida o recibirla de fuera, siempre previo pago al alcaide; la cama se alquilaba segun los baremos que habia fijado el rey ante los abusos cometidos. Los precios variaban segun durmieran una, dos o

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