piedra se confundio con los chillidos. Algunos hombres saltaron las vallas y empezaron a correr delante de la manada; otros prepararon dardos para lanzar contra los toros o viejas capas con las que distraerlos de su carrera. Hernando vio como los morlacos le pasaban por delante, detras de las vacas: bramaban, galopando a ciegas, en grupo, por delante de los vaqueros. El giro del puente a la ribera era brusco y en pendiente debido al desnivel existente entre el puente Y la orilla, por lo que varios toros chocaron contra la valla de madera. Uno de ellos cayo y resbalo por el suelo mientras era pisoteado por los que le seguian; un joven trato de echarle una capa por delante, pero el toro, con una agilidad asombrosa, salto desde el suelo y le corneo en el muslo, alzandolo por encima de su testuz. Hernando alcanzo a ver como otros dos hombres que corrian por delante tambien eran corneados, pero cuando los toros se revolvieron para ensanarse en ellos, se encontraron con las garrochas de los vaqueros clavadas en sus costados, forzandoles a continuar el recorrido.
Fueron tan solo unos instantes de gritos, carreras, polvo y un ruido atronador hasta que toros, gente y caballos desaparecieron por la esquina de la calle Arhonas. Hernando olvido el estiercol que debia recoger y permanecio absorto en la gente que quedaba tras el paso de la manada: el joven de la capa sangraba sin cesar por la entrepierna, agarrado a una muchacha a su lado que gritaba desesperada; hombres, mujeres y ninos que intentaban salir del rio a cuyas aguas habian saltado al paso de los toros y una sucesion de heridos, unos en pie, cojeando o doliendose, y otros tendidos a lo largo de la ribera del Guadalquivir. Cuando quiso darse cuenta, varias ancianas y ninos se habian lanzado ya a recoger el estiercol pisoteado a lo largo del camino. Miro su capazo vacio y nego con la cabeza. Alli no iba a conseguir ni una bosta. Traspaso la valla y se acerco al joven herido, ya rodeado por un nutrido grupo de mujeres, por si pudiera ayudar en algo.
—?Largate! ?Moro! —le espeto una anciana vestida de negro.
—Ese joven morira, si es que no lo ha hecho ya —termino afirmando Hernando a Hamid despues de la misa mayor, mas alla del cementerio, en presencia de Fatima y una embarazada Aisha; Brahim, algo alejado, estaba de charla con otros moriscos.
—Si. Muchos mueren...
—?Que placer encuentran?
— La pelea, la lucha del hombre contra el animal —contesto Hamid. Hernando, con una mueca, abrio las manos en senal de incomprension—. Tambien lo hicimos nosotros —objeto el alfaqui—. En la corte de Granada fueron famosos los juegos de toros. Los Zegries, Los Gazules, los Venegas, los Gomeles, los Azarques y muchos otros nobles mas, se distinguieron a la hora de sortear y matar a los toros. Es mas, ningun alfaqui musulman oso nunca prohibir aquellas fiestas y, sin embargo, el Papa de Roma, bajo pena de excomunion, si que las ha prohibido a los cristianos. El que muere en los juegos de toros lo hace en pecado mortal y los curas que presencien las fiestas pierden sus habitos.
—Hernando recordo entonces al ejercito de sacerdotes que salia de las casas de la Ribera una vez pasados los toros y corria entre los heridos del encierro procurando su salvacion entre santos oleos y oraciones.
—En tal caso, ?por que los corren? ?No son tan piadosos?
Hamid sonrio.
—Espana quiere toros. Los nobles quieren toros. El pueblo quiere toros. Debe de ser el unico asunto, aparte del relativo al dinero, que enfrenta al cristianisimo rey Felipe con el papa Pio V.
Aquellos nobles musulmanes de los que hablaba Hamid no eran
