en Cordoba sino el patriciado de la ciudad: los Aguayos, los Hoces, los Bocanegras y, por supuesto, los correspondientes a la insigne casa de los Fernandez de Cordoba y su rama, no menos ilustre, de Aguilar. ?Cordoba era noble! Muchos eran los titulos y mercedes reales obtenidos por los cordobeses durante la conquista, y en las fiestas de toros los nobles de la ciudad, antes de enfrentarse a los animales, competian entre ellos en lujo y boato.
Despues de comer y antes de que diera comienzo la fiesta, en los palacios de los nobles se exhibieron las cuadrillas de los senores, compuestas por sus servidumbres lujosamente vestidas con libreas del mismo color. Dentro de las cuadrillas, de treinta, cuarenta y hasta sesenta criados, dos de ellos ejercian la funcion de lacayos: eran aquellos que acompanarian al senor en el interior de la plaza. Las gentes de Cordoba se apostaron delante del palacio de los Fernandez de Cordoba, en la cuesta del Bailio; delante del palacio del marques del Carpio, en la calle Cabezas, o alrededor de tantos otros palacios y casas solariegas para contemplar y aplaudir la salida de los nobles a caballo, acompanados por sus extensas familias y escoltados por las cuadrillas de criados, que cargaban con comida, vino y sillones para sus senores.
La plaza de la Corredera habia sido convenientemente preparada para correr los toros que saltarian, uno a uno, por la arcada y el pasillo que daba a la calle del Toril, en su testero este. En el testero norte, el mas largo de la irregular plaza, se dispusieron vallas mas alla de los soportales de madera de las casas que daban a ella cuyos balcones, engalanados para la ocasion con tapices y mantones, fueron arrendados por el cabildo a nobles y ricos mercaderes que rivalizaban en el lujo de sus vestiduras. Entre ellos, moviendose con discrecion, vulnerando la bula papal, habia sacerdotes y miembros del cabildo catedralicio. En el frente sur, apoyadas en una pared blanca que el cabildo habia ordenado construir para cerrar la plaza, se levantaron unas tribunas de madera en las que se hallaba el corregidor, como representante del rey y gobernador del coso, junto a otros nobles y caballeros. Alrededor del resto de la plaza, ya metidas en ella dada su amplitud, se instalaron talanqueras detras de las cuales el publico podia resguardarse de los toros.
Desde la plaza de las Canas, por la que se desparramaron los criados con los caballos de repuesto de quienes iban a correr los toros y los de sus familiares, Hernando escucho el griterio de la gente cuando los nobles a caballo, con los dos lacayos que debian ayudarles portando las lanzas, hicieron el paseillo, todos ellos vestidos a lo morisco, con marlotas ajustadas que les proporcionaban libertad de movimientos, bonetes y capellares colgando de su hombro izquierdo, y armados con espadas; cada noble vestia los mismos colores que los de las libreas de sus cuadrillas y montaba a la jineta, a la morisca, con los estribos cortos. El oficial de la curtiduria cumplio su palabra y le espero en la plaza de las Canas. Por mediacion suya, Hernando logro rebasar a los alguaciles que impedian que el pueblo se mezclase con los criados de los caballeros, cargado con su gran capazo de esparto. Sin embargo, no era el unico que corria por alli para obtener estiercol.
Ocho caballeros se disponian a correr los toros esa tarde de marzo. Con gesto solemne, el corregidor entrego al alguacil de la plaza la llave del toril, en senal de que podia empezar la fiesta; cuatro de los caballeros abandonaron el coso mientras los otros cuatro tomaban posiciones en su interior. Los caballos piafaban, bufaban y sudaban. El silencio se hizo en la Corredera cuando el alguacil abrio el portalon de maderos con que cerraban la calle del Toril, antes de que estallaran los vitores ante la carrera de un gran toro zaino que, hostigado por los garrocheros, accedio a la plaza bramando. El toro corrio la plaza al galope tendido, derrotando contra los palenques a medida que la gente le llamaba a gritos, golpeaba los maderos o le lanzaba dardos. Tras el impetu inicial, el toro troto, y mas de un centenar de personas saltaron al coso y le citaron con capotes; los mas atrevidos se acercaban a el, dandole un violento quiebro para esquivarle tan pronto como este se revolvia contra ellos.
