El buen acero toledano corto la mitad del grueso cuello del toro y este cayo desplomado junto al caballo.
Se trataba de un conde, ?de un grande de Espana! Al principio fueron moderados, procedentes solo de la nobleza, sus iguales, pero cuando el conde de Espiel volvio a alzar su espada ensangrentada en senal de victoria, los aplausos resonaron en la Corredera.
—?Un caballo! —grito entonces el conde a uno de sus lacayos, mientras recibia orgulloso la aclamacion del pueblo.
Hernando y los demas tuvieron que volver a apartarse y el lacayo corrio hacia la plaza de la Paja en busca de otro caballo.
—?Por que? —pregunto Hernando al criado.
—Los nobles —contesto este— tienen que abandonar la plaza a caballo. No pueden hacerlo a pie. Si su caballo muere, les llevan otro. No es la primera vez que sucede con el conde —acerto a decir en el mismo instante en que el lacayo del conde ya volvia tirando de la brida de un semental castano de gran alzada.
—?Mi caballo! —exigia el conde desde el coso.
Hernando y el criado ayudaron a abrir por completo la talanquera para dejar paso a la nueva montura, pero en cuanto esta vio al primer caballo y al toro muertos frente a el, y olio la sangre del inmenso charco que les rodeaba, se encabrito soltandose del lacayo y quedo libre entre la servidumbre. Un criado trato de volver a agarrarlo, pero el animal habia enloquecido, relinchaba con violencia y se alzaba, manoteando en el aire, rozando las cabezas de los criados, para acto seguido lanzar coces freneticas. Dos hombres salieron despedidos por las coces que les alcanzaron en pecho y estomago, otro sufrio la misma suerte cuando el caballo le propino un fuerte cabezazo. El conde seguia exigiendo a gritos su caballo, pero el espacio en la talanquera era minimo y la multitud de criados que intentaba hacerse con el semental no lograba sino enloquecerlo todavia mas. Algunos caballeros de los que corrian los toros se acercaron a la entrada de la plaza, pero no parecia que estuvieran muy dispuestos a ayudar; uno de ellos incluso sonrio al escuchar los gritos exasperados del conde de Espiel.
En ese momento el semental, alzado sobre sus patas, manoteo en el aire justo donde se encontraban Hernando y su companero. Hernando se aparto a toda prisa con la sola vision de los ojos fuera de las orbitas e inyectados en sangre del caballo, sangre igual que la que broto del rostro del joven criado que le acompanaba cuando el semental le alcanzo en la cara con una de sus manos. ?Los iba a despedazar! El animal rozo la tierra presto a empinarse de nuevo y Hernando salto sobre su cabeza y le tapo los ojos con su cuerpo hasta alcanzar una de sus orejas, que mordio con fuerza, retorciendole la otra con una mano. Sintio en su estomago la vaharada del relincho de dolor del caballo, y cuando el animal bajo la cabeza por el peso de Hernando, este le torcio el cuello brusca y violentamente hasta tirarlo al suelo.
En tierra, con Hernando tumbado sobre su cabeza y todavia mordiendole la oreja, el caballo intentaba levantarse, pero no lo consiguio al no poder doblar el cuello. Durante unos instantes se debatio con todas sus fuerzas, hasta que poco a poco fue cediendo.
—?Quietos! —oyo que alguien ordenaba a los criados del conde que acudian a por el caballo.
Dejo de morder la oreja del animal, pero mantuvo la otra retorcida. Solo se le ocurrio recitar en voz baja algunas suras, con sus labios junto al oido del animal, en un intento por tranquilizarlo. Asi permanecio durante unos largos instantes, sin ver nada ni a nadie, recitando suras, mientras el caballo volvia a acompasar su respiracion.
