—Voy a taparle la cara con un manto, muchacho —Era la misma voz que habia ordenado a los criados que permanecieran quietos. Hernando solo llego a ver unas espuelas de plata—. Lo metere entre tu cuerpo y su cabeza. No permitas que se levante.

Hernando aguanto, y dejo espacio para que el hombre de las espuelas de plata introdujese el manto. Tambien lo oyo renegar en voz baja mientras manipulaba con la manta:

—Engreido. No merece caballos como los que tiene. —Hernando encogio la barriga. Noto como el hombre deslizaba la manta entre ella y la cabeza del semental—. Imbecil. ?Grande de Espana! —Mascullo antes de dar por finalizada su labor—. Ahora —le instruyo—, debes dejar que se levante poco a poco. Primero doblara el cuello para levantar la cabeza y luego extendera las manos para darse impulso. —Hernando lo sabia—. En ese momento deberas terminar de colocarle el manto por debajo de la quijada para que no pueda librarse de el. ?Te ves capaz? ?Te atreves?

—Si.

—Ahora —le indico el hombre.

El semental, probablemente agotado, se levanto mucho mas despacio de lo que esperaba Hernando, asi que no tuvo problema para anudarle el manto por debajo de la quijada como le habia dicho el hombre de las espuelas. Ya en pie, el caballo se quedo quieto, ciego. Hernando le palmeo el cuello y le hablo para calmarlo. Uno de los criados del conde fue a coger al caballo por la brida, pero una mano se lo impidio.

—Ineptos. —Hernando se volvio hacia aquella voz conocida. Don Diego Lopez de Haro, veinticuatro de Cordoba, caballerizo real de Felipe II, se encontraba junto a el—. Seriais capaces —anadio hacia el criado— de volver a encabritar a este animal. Ni siquiera sabeis reconocer a un buen caballo, como vuestro... —Callo y meneo la cabeza—. ?Solo sabeis tratar con asnos y borricos! Muchacho, llevaselo tu al conde. —Hernando percibio como don Diego escupia la ultima palabra.

De lo que no se dio cuenta fue de como el caballerizo real entrecerraba los ojos y apoyaba la mano derecha en su menton, observando con interes lo que haria Hernando al entrar en la plaza: el semental todavia oleria la sangre. Y asi fue. El caballo hizo ademan de recular, pero al momento Hernando le dio un tiron de la brida y una fuerte patada en la barriga. El semental temblaba, pero obedecio y accedio a la Corredera. Ya habia dejado atras los cadaveres del caballo y del toro, mientras don Diego asentia satisfecho a sus espaldas, cuando el conde de Espiel le grito desde donde todavia estaba esperando:

— ?Como te atreves a patear a mi caballo? ?Vale mas que tu vida!

Los dos lacayos que atendian al noble en la plaza corrieron hacia Hernando. Uno le arrebato las bridas de la mano y el otro trato de agarrarle del brazo.

—?Detenedlo! —ordeno el conde de Espiel.

La gente, despues de la larga espera, volvio a estallar en gritos. Nada mas notar el contacto del lacayo en su brazo, Hernando azuzo al semental, que giro sobre si y barrio a los lacayos con su grupa, momento que el aprovecho para escabullirse. Salto por encima del cadaver del toro y echo a correr en direccion a la plaza de la Paja. Al pasar por delante de don Diego, este hizo un imperativo gesto a los lacayos con los que habia estado hablando mientras contemplaba como se desenvolvia Hernando en la plaza. Los lacayos salieron a la carrera tras el muchacho. Un alguacil de los que vigilaban la plaza de la Paja se lanzo sobre Hernando al ver que le perseguian dos lacayos, y logro detenerle. A cierta distancia, varios de

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