cuernos y tapo su vision, momento en el que varios hombres con dagas y navajas se abalanzaron sobre el toro y la emprendieron a cuchilladas. Otros se lanzaron a sus patas para desjarretarlo. Uno de ellos, con una guadana, consiguio sajar el fuerte tendon de la mano izquierda del animal y el toro cayo. Alli le siguieron acuchillando hasta la muerte.

Todavia no habian terminado de cortarle el rabo cuando ya salia a la plaza el siguiente morlaco: un toro mas bien pequeno pero muy agil, saltarin, entrepelado.

—?Aparta de ahi, imbecil!

Absorto en el toro, Hernando no se dio cuenta de que tanto el criado como los demas cuadrilleros se habian apartado de la talanquera. Obedecio y franqueo el paso a un noble gordo, cuya marlota estaba a punto de reventarle sobre la barriga. Tras el iban sus dos lacayos, hoscos, y despues tres nobles mas que bromeaban senalando al obeso caballero que les precedia.

— El conde de Espiel —susurro el joven criado como si, pese a la algarabia y a la distancia, el conde pudiera oirle—. No sabe correr los toros, pero se empena en salir una y otra vez a la plaza.

—?Por que? —inquirio Hernando con el mismo tono de voz.

—?Soberbia? ?Honor? —se limito a contestar el joven.

Nada mas pisar el coso, el lacayo que no portaba las lanzas para el conde empezo a gritar a la gente para que dejasen de importunar al saltarin y permitiesen el enfrentamiento con su senor. Los cordobeses obedecieron a desgana, renunciaron a la fiesta que los demas nobles les regalaban e incluso evitaron silbar en el momento en el que el conde de Espiel cito al toro y permitio que el caballo se aliviase a la izquierda para poder enfrentar mejor la embestida. Hernando observo a los demas caballeros, que ya no sonreian. Uno de ellos, vestido de morado, negaba con la cabeza. Pese a la ventaja obtenida por la posicion del caballo para recibir al toro, el conde fallo y golpeo con la punta de la lanza en el hocico del animal cuando este salto antes de llegar al caballo. La lanza salio despedida de la mano del noble. El conde lanzo una imprecacion y perdio un precioso instante para apartar al caballo del recorrido de aquel toro cuya embestida no pudo detener.

Hinco las espuelas en los ijares del caballo pero el toro ya se le habia echado encima y, en plena carrera, corneo la barriga del caballo con sus dos imponentes astas. El conde salio despedido y rodo por el suelo mientras el caballo quedaba ensartado en los cuernos del saltarin, que tras un par de trancos, levanto la cabeza sosteniendo al animal en el aire y le rajo la barriga como si de un simple pano viejo se tratase. Los relinchos de muerte del caballo atronaron la Corredera, llegando hasta lo mas profundo de los vecinos que observaban el espectaculo. El toro bajo la cabeza; el caballo cayo al suelo y el morlaco se ensano con su presa, corneandolo una y otra vez, arrastrandolo por la plaza, destrozandolo encelado, sin atender a los jinetes que trataban de distraerlo. El empuje del toro llevo al caballo hasta la talanquera en la que se encontraba Hernando. La sangre le salpico cuando el toro volteo de nuevo al caballo; los intestinos y organos del animal volaron por los aires.

Antes de que Hernando llegara a darse cuenta, el conde de Espiel se planto junto al toro y el cadaver del caballo, espada en mano.

—?Toro! —grito con el arma en alto, asida con ambas manos.

El toro atendio al envite y alzo su cabeza empapada en sangre hacia el noble, momento en el que este descargo un tremendo golpe en la cerviz del animal.

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