Algunos no lo lograron y terminaron corneados, atropellados o volteados por los aires. Mientras el pueblo se divertia, los cuatro nobles permanecian en sus lugares, reteniendo a sus caballos, juzgando la bravura del animal y si esta era la suficiente como para batirse con el.

En un momento determinado, don Diego Lopez de Haro, caballero de la casa del Carpio, vestido de verde, grito para citar al toro. Al instante, uno de los lacayos que le acompanaban corrio hacia la gente que importunaba al animal y los obligo a apartarse. El espacio entre toro y jinete se despejo y el noble volvio a gritar:

—?Toro!

El toro, enorme, se volvio hacia el caballero y los dos se observaron desde la distancia. La plaza, casi en silencio, estaba pendiente de la pronta acometida. Justo en aquel momento, el segundo lacayo se acerco a don Diego con una lanza de fresno, gruesa y corta, terminada en una afilada punta de hierro; a tres palmos de la punta se habian practicado en la madera unos cortes cubiertos de cera para facilitar que se rompiera en el embate contra el toro. Los tres caballeros restantes se acercaron con sigilo, para no distraer al toro, por si era menester su ayuda. El caballo del noble corcoveo por el nerviosismo hasta quedar de lado frente al toro; los silbidos y protestas recorrieron la plaza al instante: el encuentro debia ser de frente, cara a cara, sin ardides contrarios a las reglas de la caballeria.

Pero don Diego no necesito reprobaciones y ya espoleaba al caballo para que este volviera a colocarse de frente al toro. El lacayo permanecia junto al estribo derecho de su senor con la lanza ya alzada, para que este solo tuviera que cogerla en cuanto el toro iniciase la embestida.

Don Diego volvio a citar al toro al tiempo que echaba a su espalda la capa verde que llevaba sujeta al hombro. El verde brillante que ondeaba en manos del jinete llamo la atencion del morlaco.

—?Toro! ?Eh! ?Toro!

La embestida no se hizo esperar y una mancha zaina se abalanzo sobre caballo y jinete. En ese momento don Diego agarro con fuerza la lanza que sostenia su lacayo y apreto el codo contra su cuerpo. El lacayo escapo justo en el instante en que el toro llegaba al caballo. Don Diego acerto con la lanza en la cruz del animal y la hundio un par de palmos antes de que esta se quebrase, deteniendo su brutal carrera. El chasquido de la madera fue la senal para que la plaza estallase en vitores, pero el toro, aun herido de muerte y sangrando a borbotones por la cruz, hizo ademan de embestir de nuevo al caballo. Sin embargo don Diego ya habia desenvainado su pesada espada bastarda, con la que descargo un certero golpe en la testuz del animal, justo entre los cuernos, partiendole el craneo. El zaino se desplomo muerto.

Mientras el caballero galopaba por la plaza, palmeando a su caballo en el cuello, saludando y recibiendo los aplausos y los honores de su victoria, la gente se lanzo sobre el cadaver del animal, peleando entre si por hacerse con el rabo, los testiculos o cualquier parte que pudieran cortar antes de que continuase la fiesta. Se trataba de los «chindas», que despues vendian aquellos despojos, principalmente el preciado rabo del toro, a los mesoneros de la Corredera.

A traves de los gritos y los silencios, Hernando intento imaginar el desarrollo de la fiesta desde la plaza de las Canas, donde se encontraba; nunca habia presenciado un juego de toros y lo mas cerca que habia estado de un toro fue cuando este le saltara por encima mientras el protegia el cuerpo de Fatima. ?Que estaria sucediendo en la plaza?

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