Con esa pregunta en la mente se peleaba por el estiercol con otros hombres que tambien lo pretendian. «Esta tarde no puedes fallar —le habia advertido el oficial—. Por lo menos tienes que llenar el capazo. Nos servira para la capa superior del pozo.» Sin embargo, tenia una ventaja sobre aquellos otros que luchaban con el por el estiercol: no temia a los caballos y se apercibio de esa circunstancia. Era diferente recoger el estiercol de una calle una vez ya habian pasado las caballerias que hacerlo en el momento en el que el animal acababa de estercolar. Los caballos estaban nerviosos junto a la plaza: sabian lo que sucedia; no era la primera vez que se enfrentaban a los toros, en la ciudad o en las dehesas, y se mostraban tremendamente inquietos, manoteando y relinchando. Sus competidores no estaban acostumbrados a tratar con los caballos de los nobles, de raza, colericos algunos, nerviosos todos, y tan pronto Hernando veia que alguno de ellos estercolaba y que alguien corria en busca del excremento, el tambien lo hacia, bruscamente, espantando al caballo. Entonces sus contrincantes acostumbraban a apartarse, temerosos, de los amenazadores pies del animal y Hernando se lanzaba sobre el estiercol. Los criados de los nobles, que actuaban de palafreneros y que se turnaban entre la plaza de las Canas o la Corredera segun estuviese o no su senor, encontraron en aquella competicion una forma de entretenimiento y le avisaban en el momento en que alguno de los caballos estercolaba.

En el instante en que la plaza aplaudio la irrupcion del septimo toro, ya tenia lleno el gran capazo de esparto. El no estaba autorizado a entrar en la curtiduria un domingo, por lo que mando recado al oficial y este acudio en busca del estiercol.

—Tendremos tiempo de llenar otro —le dijo el hombre al recoger la espuerta.

Hernando resoplo cuando el oficial le dio la espalda y se dirigio a la curtiduria, momento que aprovecho para deslizarse entre las cuadrillas hasta llegar a la puerta de acceso de los caballeros, al lado de la pared blanca, en el testero sur de la plaza, junto a un joven criado con quien habia cruzado varias sonrisas ante los sustos y alguna que otra caida provocada en sus peleas por el estiercol. La fiesta se desarrollaba sin incidentes: cada noble mostraba con mayor o menor acierto su arte en correr los toros para el disfrute del pueblo. Hernando logro apoyarse en la talanquera que hacia las veces de puerta justo cuando un gran toro colorado arremetia contra un caballero montado en un morcillo como el que en su dia le regalo Aben Humeya. Durante unos instantes sintio aquel correoso caballo morcillo entre sus piernas y volvio a creerse un noble musulman en las Alpujarras, libre en las sierras, anhelante de victoria. El estruendo que resono en la plaza le devolvio a la realidad. El caballero habia errado con la lanza y esta resbalo desde la cruz y se clavo en la grupa del toro, donde su herida no era mortal. Al instante, otro noble acudio al quite y caracoleo con su caballo para distraer al toro a fin de apartarlo del primero y que no le embistiese. La segunda lanza, una vez el caballero se hubo recompuesto, si fue suficiente para que el toro cayera herido de muerte. El octavo, un toro castano, se limito a trotar por la plaza, amagando alguna cornada y escapando de la gente que le acosaba. Uno de los nobles lo cito y el toro corrio cuatro o cinco varas antes de detenerse frente al caballero y huir. La gente empezo a silbar.

—?Que sucede? —pregunto Hernando al joven criado.

—Es manso —contesto este sin dejar de observar el coso—. Los caballeros no pelearan con el —anadio.

Y asi fue. Los cuatro nobles que en aquel momento se encontraban en la Corredera se retiraron con solemnidad y obligaron a los que estaban en la puerta a apartarse. La talanquera se cerro de nuevo; al recuperar su posicion, Hernando observo que la plaza se habia llenado de gente, e incluso de perros que perseguian y acosaban al animal. De los muchos capotes que le echaron sobre la cabeza, uno de ellos quedo enganchado en los

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