tres personas en el mismo catre. Quienes podian, pagaban. Los pobres e indigentes vivian en la carcel de la caridad publica, pero esa caridad dificilmente alcanzaba a los sacrilegos cristianos nuevos que tantas atrocidades habian cometido durante el levantamiento.

Hernando tenia que controlar cuando era mas oportuno que fuera detenido uno de los moriscos segun las disponibilidades de la carcel; que el alcaide recibiera los dineros correspondientes y que la comunidad suministrara comida a los presos que se hallaban encarcelados. No habia cesado en sus correrias nocturnas por la zona del Potro, pero ahora no buscaba dinero sino informacion. ?Cuando tenia previsto algun justicia registrar las casas de los moriscos que le correspondian? ?Que nuevas se producian en la carcel? ?Que alguacil era el mas adecuado para detener a algun morisco y donde? ?Quien disponia de esclavos moriscos y cuanto le habian costado? ?Cuanto tardaria el cabildo municipal en conceder la vecindad a tal o cual persona? Cualquier informacion era buena y, si podia, dejaba correr algo del poco dinero que le proporcionaban los ancianos de la comunidad para comprar alguna que otra voluntad o para que un criado que bebia vino en un meson le dijera el nombre y origen de aquel esclavo o esclava que vivia en su casa. Liberar a los esclavos capturados en la guerra de las Alpujarras se habia convertido en el principal objetivo de la comunidad. Sin embargo, los cristianos que compraron a aquellos hombres o mujeres a bajo precio, mucho mas baratos que si fueran negros, mulatos o blancos de cualquier otro origen, especulaban con el interes de los moriscos en sus correligionarios y aumentaban desmesuradamente el coste del rescate. Todo cordobes que tuviera esclavos moriscos se convirtio en un tratante a pequena escala empenado en obtener beneficios, sobre todo de los hombres, puesto que las mujeres pocas veces se ponian en venta, dado que los hijos de las esclavas heredaban la condicion de la madre. Dejar prenada a una morisca implicaba, pues, un buen beneficio a un plazo bastante corto.

Dudo en seguir con los viajes en La Virgen Cansada. Juan le insistia en que continuara trabajando con el. ?Que mal podia hacerle conseguir unos buenos y faciles dineros? «El que me acompana ahora —se quejo, con un guino de complicidad— no quiere hablar de las mujeres del burdel berberisco.» Incluso le ofrecio mayores ganancias, pero un dia, cuando se dirigia a la plaza del Salvador por la calle Marmolejos, por la que se obligaba a transitar, desecho cualquier posibilidad de continuar con sus salidas nocturnas en la chalupa. A lo largo de la calle Marmolejos, afirmados contra la fachada ciega del convento de San Pablo, habia una serie de poyos o asientos corridos donde se exponian los cadaveres de aquellos que fallecian en el campo y que habian sido traidos a la ciudad por los hermanos de la Misericordia. Hernando acostumbraba a observar los cadaveres intentando entrever por sus ropas o por su tez, aunque tampoco esta se diferenciara en exceso de la de los espanoles, si se trataba o no de algun morisco. Si asi se lo parecia, lo comunicaba a los ancianos para que investigasen en otras comunidades si alguien habia perdido un pariente. Pero en los poyos no solo se exponian cadaveres; servian para todo: en ellos se vendia el pan o los demas efectos decomisados, se ofrecian los trabajadores sin empleo, se sometia a escarnio publico a comerciantes ilegales o estafadores, y sobre todo se derramaba el vino forastero. Ese dia, en el poyo siguiente al del cadaver de una mujer que empezaba a descomponerse, un veedor y un alguacil se hallaban junto a una barrica de vino, rodeados de un enjambre de muchachos prestos a lanzarse al suelo a beberlo en el momento en que el veedor descargase el primer hachazo sobre ella. El vino decomisado, al contrario que otros productos, no se revendia. Hernando no pudo dejar de observar aquella barrica. La conocia bien. Habia transportado muchas de ellas en La Virgen Cansada. Con el estomago encogido, dejo atras el chasquido de la madera al resquebrajarse y la algarabia de la chiquilleria al lanzarse sobre el vino. Esa noche no encontro a Leon en su posada del Potro.

Вы читаете La Mano De Fatima
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату