— Lo detuvieron —le explicaria unos dias despues Juan, entre sus mulas, en el campo de la Verdad—. El veedor encontro el escondite de las barricas, aunque por la determinacion con que se dirigio al lugar... Se diria que alguien habia denunciado a Leon.
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El estiercol era una mercancia apreciada en la Cordoba de las huertas y los mil patios floridos. Hernando continuaba trabajando en la curtiduria por los dos miseros reales al mes que le pagaban. Con ello lograba acreditar ante el justicia una ocupacion estable que ademas le permitia, siempre encubierto por el oficial que jugaba al amor con la esposa del maestro, la movilidad necesaria para dedicarse a sus otros asuntos. Pero ese exceso de trabajo fue en detrimento de la recogida del estiercol necesario para apelambrar los pellejos, y pese a que el oficial le excusaba, la carencia de estiercol era ya insostenible.
Aquel primer domingo de marzo, al alba, quince toros bravos acompanados por algunas vacas, procedentes de las dehesas cordobesas, cruzaron al galope el puente romano de acceso a la ciudad. Tras ellos, azuzandolos, vaqueros a caballo armados con largas garrochas con las que los habian corrido desde el campo. En el extremo del puente, pese a la temprana hora, las festivas gentes de la ciudad de Cordoba esperaban a los toros. Desde alli, el encierro discurriria por la ribera del Guadalquivir hasta la calle Arhonas, luego subiria por esta hasta la del Toril, junto a la plaza de la Corredera, donde los toros serian encerrados hasta la tarde. El dia anterior el oficial se lo advirtio a Hernando:
— Necesitamos estiercol. Manana habra encierro y se correran quince toros. Tanto en el recorrido de la manada como en las plazas cercanas a la Corredera, alli donde esten los caballos de los nobles, podras encontrarlo.
—Los domingos no se debe trabajar.
— Es posible, pero si no trabajas manana, ten por seguro que tampoco lo haras el lunes. El maestro ya me ha llamado la atencion. Si —anadio con rapidez ante la expresion amenazante que adopto el rostro de Hernando—, yo tampoco lo hare si tu... Bueno, ?tu mismo! Si eso es lo que quieres, perderemos los dos el trabajo.
—Los criados de los nobles no me dejaran.
—Los conozco. Yo estare alli. Te permitiran recoger el estiercol. Primero recoge el del encierro.
Y alli estaba Hernando, plantado en el extremo del puente romano, mezclado entre la gente con un gran capazo de esparto en sus manos, tras una talanquera construida por el cabildo para obligar a los toros a que girasen y continuasen su carrera por la ribera del rio, en cuyo margen se amontonaban los vecinos que, en caso de apuro, solo podrian lanzarse al agua. En la embocadura de la calle Arhonas, en la ribera, se habia dispuesto otra empalizada para que los toros tomaran por dicha calle. A partir de alli, las confluencias con las demas calles de la Ajerquia por las que discurriria el encierro tambien se encontraban protegidas con grandes maderos hasta la calle del Toril, donde se monto un cercado con una unica salida: la plaza de la Corredera.
Hernando noto el nerviosismo de la gente ante el rumor de toros y vaqueros en el campo de la Verdad.
—?Ya llegan! ?Ya vienen! —se oia gritar.
El estruendo de los animales al cruzar el antiguo puente de
