?Ubaid!

Aisha permanecia paralizada frente al arriero de Narila, que acababa de llegar al campamento. En el repentino silencio que prosiguio a los insultos, Ubaid volvio la cabeza hacia Brahim, como si despues de haberse topado con su esposa, presintiera su presencia. Los dos arrieros enfrentaron sus miradas.

— Solo falta el nazareno para que se cumpla el mejor de mis suenos —sonrio el Manco. Brahim temblo y busco ayuda con la mirada en el jefe de los monfies—. Este es el hombre del que te he hablado tantas veces. —El Sobahet endurecio su expresion—. Fue el quien me corto la mano.

—Tuyo es, Manco. El y su familia —mascullo el Sobahet senalando a Aisha y al nino—, pero aligera. Debemos irnos.

—?Lastima que falte el nazareno! Cortadle la mano —ordeno Ubaid—. ?Cortadsela! A el y a su hijo. Que su descendencia recuerde siempre por que a Ubaid de Narila le llaman el Manco.

Antes de que Ubaid terminase de hablar, dos hombres agarraron a Brahim. Aisha aullo y protegio a Shamir, al tiempo que otros monfies trataban de arrebatarselo. El nino estallo de nuevo en llanto, y mientras Aisha defendia a su pequeno, tumbada en el suelo sobre el, los monfies que luchaban con Brahim lo arrodillaron. Brahim gritaba, insultaba e intentaba defenderse. Extendieron su brazo y lo aguantaron con firmeza antes de que un tercero descargara un golpe de alfanje sobre la muneca. Inmediatamente, Brahim, con los ojos abiertos por la terrorifica impresion de ver desgajada su mano, fue arrastrado hasta las brasas donde le introdujeron el munon para cauterizar la herida. Los gritos de Brahim, los gemidos de Aisha y los llantos del pequeno se confundieron en uno solo cuando los monfies lograron arrancar al nino de brazos de su madre.

Aisha salto tras ellos hasta caer a las piernas de Ubaid.

— ?Yo soy la madre del nazareno! —grito de rodillas, agarrada con ambas manos a la marlota del monfi—. El nino morira. ?Que dolera mas a Hernando? ?Matame a mi! Te cambio mi vida por la de el, pero deja a mi pequeno, ?que culpa tiene? —sollozo—. ?Que culpa...? —trato de repetir antes de caer presa de un llanto incontrolado.

Ubaid no hizo ademan de apartar a la mujer, por lo que los monfies que llevaban al nino se detuvieron. El de Narila dudo.

— De acuerdo —accedio—. Dejad al nino y matadla a ella. Tu —anadio, dirigiendose a un Brahim que se retorcia en el suelo—, llevaras su cabeza al nazareno. Dile tambien que acabare aqui, en Cordoba, lo que debi haber hecho en las Alpujarras.

Aisha se desasio de la marlota de Ubaid y este se aparto para dejar sola a la mujer, de rodillas. Indico a uno de los monfies, un esclavo marcado, que la ejecutase y el hombre se acerco a ella con la espada desenvainada.

—No hay otro Dios que Dios y Muhammad es el enviado de Dios —recito Aisha con los ojos cerrados, entregada a la muerte.

El esclavo detuvo el golpe al oir la profesion de fe. Bajo la cabeza. Ubaid llevo los dedos de su mano izquierda al puente de su nariz; el Sobahet contemplaba la escena. La espada del monfi siguio en el aire durante unos instantes. Hasta Shamir callo. Luego, el hombre miro a sus companeros en busca de apoyo. ?No eran asesinos! Entre ellos se encontraban un platero de Granada, tres tintoreros, un comerciante... Se habian visto

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