derecha por encima de la grupa. ?Como sabria cuando y en que medida?
—Si el potro llegara a desmontarme —repuso Rodrigo, mientras se acomodaba en la montura—, cosa bastante usual en estas primeras salidas a la ciudad, tu objetivo es el caballo. Pase lo que pase, aunque yo me descuerne contra una pared, o el caballo patee a una anciana o destroce una tienda, debes hacerte con el e impedir que huya por la ciudad para que no sufra dano alguno. Y ten en cuenta una circunstancia: por privilegio real, nadie, repito, ?nadie!, ni el corregidor, ni los alguaciles, ni los jurados o los veinticuatros de Cordoba tienen autoridad o jurisdiccion sobre los caballos y el personal de las caballerizas reales. Tu mision es proteger a este animal y si a mi me sucede algo, traerlo de vuelta a las cuadras sano y salvo, pase lo que pase o te digan lo que te digan.
Hernando siguio al jinete fuera de las cuadras planteandose todavia que era lo que Rodrigo esperaba de el pero, al igual que el potro, no tuvo tiempo de mas: en cuanto el animal adelanto una mano fuera del recinto e irguio las orejas, extranado de la gente que deambulaba por el Campo Real y de los edificios que le eran desconocidos, Rodrigo lo espoleo con fuerza para impedirle pensar; el potro brinco hacia el exterior, como tuvo que hacer Hernando para no perderles. A partir de ahi se sucedio una manana frenetica. El jinete obligo al pio a galopar por estrechos callejones; paso entre la gente y busco aquellos lugares y situaciones que mas podian sorprender al animal, con Hernando siempre a la zaga. Buscaron la Calle de los Caldereros en el barrio de la Catedral, en la que sometieron al potro a los golpes del martillo sobre el cobre. Luego se plantaron en la curtiduria con su constante trasiego; se detuvieron en los talleres de perailes y tintoreros, en los de los plateros y fabricantes de agujas; recorrieron varias veces la Corredera y los mercados hasta llegar al matadero y a la zona de las ollerias. La experiencia y el arrojo de Rodrigo hicieron casi innecesario el concurso de su ayudante.
Solo en una ocasion se vio obligado a ello. Rodrigo acerco el potro a uno de los muchos cerdos que corrian sueltos por las calles. El gorrino, grande, se revolvio contra el caballo, chillando y mostrando sus colmillos. En ese momento el pio giro sobre si, aterrado, y se fue a la empinada, lo que descoloco al jinete. Pero antes de que pudiese escapar del cerdo, Hernando le cerro el paso y le fustigo con la vara en las ancas, obligandole a enfrentarse al animal hasta que Rodrigo se recompuso y volvio a asumir el mando. Por lo demas, se limito a mostrar la vara tras el caballo, chasqueando la lengua en aquellas ocasiones en que, pese a las espuelas o caricias del jinete segun los casos, el potro se espantaba de ruidos o movimientos y se mostraba reticente a acercarse.
Con todo, al igual que el potro, Hernando retorno a las caballerizas sudoroso y sin resuello.
—Bien, muchacho —le felicito Rodrigo. El jinete echo pie a tierra y le entrego el caballo—. Manana continuaremos.
Hernando tiro de las bridas del pio hacia la nave de cuadras y alli, a su vez, se lo entrego a un mozo. Iba a abandonar la nave, pero un herrador que inspeccionaba los cascos de otro caballo y al que habia visto en mas de una ocasion por las caballerizas, se dirigio a el en voz alta.
—Ayudame. ?Aguanta! —le indico. El hombre, de tez muy morena, le cedio una de las patas traseras del caballo. Una vez Hernando la sostuvo en alto, cruzada sobre su muslo, de espaldas al caballo, el herrador rasco la ranilla del casco con una navaja y la limpio de la suciedad acumulada—. Tengo un mensaje para ti —le susurro entonces, sin dejar de rascar—. Han encarcelado a tu madre. —Hernando estuvo a punto de soltar la pata del caballo. El animal se inquieto—. ?Aguanta! —le ordeno el hombre, esta vez en voz alta.
—?Como..., como lo sabes? ?Que ha pasado? —pregunto, casi en la oreja del herrador, pegado a el.
—Me envian los ancianos. —El respeto con que pronuncio la
