ultima palabra indico a Hernando que aquel hombre era de los suyos—. La detuvo la Hermandad en el camino de las Ventas cuando ella regresaba a Cordoba con su pequeno en brazos. No tenia autorizacion para abandonar la ciudad y la han condenado a sesenta dias de carcel.

—?Que hacia en el camino de las Ventas?

—Tu padrastro ha desaparecido. Tu madre alego ante el alcaide de la Hermandad que su esposo la habia obligado a huir de Cordoba con el nino, pero que logro burlarle y volver. —Aisha se cuido mucho de explicar a los cuadrilleros, y despues al alcaide, que se habian reunido con los monfies—. Me han dicho que no te preocupes, que esta bien, que le han conseguido una manta para ella y ropa para la criatura y les llevan comida.

—?Como se encuentra?

—Bien, bien. Los dos estan bien.

—?Y mi...? ?Sabes algo de Fatima? —Si Brahim habia decidido huir de Cordoba, penso, tal vez se hubiera llevado consigo a Fatima. ?O se habia rendido?

—Ella sigue viviendo con Karim —contesto el herrador, que parecia estar al tanto de la historia.

Con la atencion aparentemente puesta en como el hombre terminaba de limpiar las ranillas del caballo, Hernando no pudo dejar de plantearse lo que aquello significaba: ?Brahim habia huido dejando a Fatima en Cordoba! ?Cuanto tiempo restaba para que se cumpliera la idda? ?Dos, tres semanas?

—?Quien eres? —se intereso cuando el herrador finalizo su trabajo y le indico que ya podia soltar el pie del caballo.

—Me llamo Jeronimo Carvajal —contesto el hombre al tiempo que se erguia.

—?De donde eres? ?Cuando...?

—Aqui, no. —Jeronimo interrumpio la curiosidad del muchacho mientras se llevaba la mano a los rinones y hacia un gesto de dolor—. Este trabajo me destrozara. Ven conmigo —le indico, mientras recogia sus herramientas y se encaminaba hacia la salida de las cuadras.

Cruzaron el zaguan de entrada al edificio, a cuya derecha se abria una pequena escribania que servia de administracion de las caballerizas. Alli encontraron al ayudante del caballerizo mayor y a un escribano que rasgueaba sobre unos legajos.

—Ramon —dijo Jeronimo en tono firme al ayudante, desde la misma puerta—, necesito material. Me llevo al nuevo.

El tal Ramon, en pie al lado del escribano, asintio con un simple gesto de la mano sin dejar de mirar lo que escribia el otro, y Jeronimo y Hernando salieron a la calle.

—Soy natural de Oran y mi verdadero nombre es Abbas —se le adelanto Jeronimo una vez hubieron dejado atras las edificaciones—. Vine a Espana para trabajar en las cuadras de uno de los nobles que acudieron en la defensa de la ciudad hace diez anos. Luego, don Diego me contrato para las caballerizas del rey.

Superaron el palacio del obispo y caminaban ya junto a la fachada posterior de la mezquita. Hernando se fijo en Abbas: sus origenes africanos se revelaban en una tez bastante mas morena que la de los moriscos espanoles, que muchas veces podian confundirse con los cristianos; era algo mas alto que el y mostraba un pecho y unos brazos fuertes, los de un herrador acostumbrado a martillar sobre el yunque y herrar a los caballos. Su pelo era espeso y negro como el azabache, sus ojos oscuros y sus rasgos firmes, solo rotos por una nariz sensiblemente bulbosa, como si en algun momento se la hubieran roto.

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