—?De que querias hablar antes? —pregunto a Abbas cuando se hubo repuesto.
—Tu madre, ?esta bien? —inquirio este a su vez. Hernando asintio—. ?La han azotado?
—No... Que yo sepa.
—En ese caso la condena ha sido benevola. A un hombre lo habrian condenado a muerte si hubiera ido a Granada, a galeras de por vida si hubiera llegado a diez leguas de Valencia, Aragon o Navarra y a azotes, y cuatro anos de galeras si lo hubieran encontrado en cualquier otro lugar fuera de su residencia.
La habia abrazado con fuerza, pensaba Hernando, y no se habia quejado. No debian de haberla azotado... ?o si?
—Luego me contaras que ha pasado, sobre todo con tu padrastro —continuo Abbas—. Necesitamos saberlo.
—?Necesitamos? —se sorprendio.
—Si. Todos. Nos vigilan. Un fugado... afecta a la comunidad. Investigaran en su entorno.
—Nadie contara nada —comento Hernando.
Andaban sin rumbo por la medina, un complejo entramado de callejas estrechas y sinuosas, toda ella rodeada de grandes porciones de terreno en las que a su vez penetraban innumerables callejones sin salida.
—No te equivoques, Hernando. Eso es lo primero que tienes que aprender: entre nosotros tambien hay traidores, creyentes que actuan como espias para los cristianos.
Hernando se detuvo y fruncio el ceno.
—Si —insistio Abbas—. Espias. El consejo de ancianos te ha elegido...
—?Y tu quien eres realmente? ?Como sabes tantas cosas?
Abbas suspiro. Volvian a caminar.
—Ellos han aprovechado mi trabajo en las caballerizas para que pudiera avisarte cuanto antes de lo de tu madre, pero tambien desean que te proponga algo. —Hizo una pausa y, al ver que Hernando no replicaba, siguio hablando—: Todas las aljamas de Espana estan organizadas. Todas cuentan con mufties y alfaqui es que actuan en secreto. Valencia, Aragon, Cataluna, Toledo, Castilla..., en todos esos lugares hay comunidades de creyentes establecidas, ?en algunas de ellas incluso hay quien se llama rey! Todas las demas poblaciones a las que han sido deportados los musulmanes de Granada se estan organizando, sumandose a los moriscos que ya estaban alli establecidos o, como en Cordoba, donde ya no quedaba casi ninguno, creando esa estructura de nuevo.
—Pero yo...
—Calla. Lo primero que tienes que hacer es no confiar en nadie. No solo hay espias, hay muchos otros de nuestros hermanos que, aun no deseandolo, ceden bajo la tortura de la Inquisicion. Podremos hablar de lo que quieras y tratare de contestar a cuantas cuestiones desees plantearme, pero jurame que si no aceptas nuestra propuesta, nunca contaras a nadie nada de lo que conozcas. —Sus pasos los llevaron frente a la calle del Reloj, donde sobre una pequena torre se hallaba el reloj de la ciudad. Los dos se distrajeron un rato y observaron como unos muchachos apedreaban las campanas—. ?Lo juras? —insistio Abbas. Un jesuita, con gritos y aspavientos, trataba de poner fin a la pedrea contra las campanas.
—Si —afirmo Hernando con la mirada perdida en los chiquillos que escapaban del jesuita—. ?Y como se entonces que puedo fiarme de ti?
Abbas sonrio.
