—?Aprendes rapido! ?Te fias de Hamid, el esclavo de la mancebia?
—?Mas que de mi mismo! —replico Hernando.
Hacia la mancebia dirigieron sus pasos; Hamid estaba ocupado y no pudo acercarse, pero desde la puerta hizo un gesto de asentimiento que Hernando comprendio al instante: el herrador era de confianza.
Aquella noche, encerrado en su habitacion, despues de comprobar en un par de ocasiones que la puerta se hallaba atrancada por dentro, Hernando se sento en el suelo y deslizo los dedos por la tapa de un raido ejemplar del Coran escrito en aljamiado. Luego abrio la obra divina y hojeo su contenido.
—No soy quien para hablar de tus virtudes o tus defectos —le habia confesado Abbas esa manana—, pero hay algo que si es importante para las necesidades de nuestros hermanos: sabes leer y escribir, conocimientos de los que la gran mayoria carecemos.
Los libros escritos en arabe o de contenido musulman se hallaban estrictamente prohibidos, y cualquiera al que se le encontrase alguno de ellos, terminaba en las mazmorras de la Inquisicion. Abbas que tambien vivia con su familia sobre las cuadras, parecio descansar cuando, con sigilo, le entrego el Coran.
—Hay muchos mas libros repartidos entre la gente —afirmo. Desde traducciones o composiciones del gran cadi Iyad sobre los milagros y virtudes del Profeta, hasta simples manuscritos con versos o profecias en arabe o aljamiado. Los mantienen escondidos como buenamente pueden para conservar nuestras leyes y nuestras creencias, cada uno de ellos como un tesoro. El cardenal Cisneros, el que convencio a los Reyes Catolicos para que incumplieran los tratados de paz con los musulmanes, quemo en Granada mas de ochenta mil de nuestros escritos. Trata la obra divina por lo tanto como lo que es: el tesoro de nuestro pueblo.
?El tesoro de nuestro pueblo! De nuevo Hernando se convertia en el guardian del tesoro de los creyentes.
Debia leer y aprender. Escribir. Transmitir los conocimientos y mantener vivo el espiritu de los musulmanes. Acepto sin dudarlo; Abbas le invito a entrar en un meson y para su sorpresa, pidio dos vasos de vino con los que brindaron a la vista de los tertulianos que se hallaban presentes.
—Tienes que ser mas cristiano que los cristianos y, a la vez, mas musulman que cualquiera de nosotros —susurro a su oido.
Hernando alzo el vaso y asintio.
—Ala es grande —vocalizo en silencio cuando Abbas alzo el suyo para brindar.
Desde su habitacion, en el silencio de la noche, podia escuchar el rumor del centenar de caballos bajo la solera; algunos escarbaban inquietos, otros relinchaban o bufaban, pero tambien podia olerlos. ?Que poco tenia que ver aquel olor con el del estiercol putrefacto de la curtiduria! Se trataba de un olor fuerte y penetrante, cierto, pero sano. Regularmente, el estiercol de las caballerizas reales se transportaba a la contigua huerta de la Inquisicion, por lo que nunca llegaba a pudrirse bajo los pies de los caballos.
Cerro el Coran, y a falta de mejor escondite lo guardo en el arcon. Ya buscaria algun sitio mas seguro, penso mientras observaba el libro en el fondo, el unico objeto que guardaria aquel mueble hasta que llegase Fatima. Entonces quiza ella lo llenase, poco a poco, con enseres y ropas, quiza las de algun nino. Cerro el arcon y echo la llave. ?Fatima! Hubiera aceptado igual, seguro, pero cuando Abbas le dijo que tambien contaban con ella, no lo dudo.
—Son nuestras mujeres las que ensenan a sus hijos —le
