explico el herrador—. De ellas depende su educacion y todas lo aceptan con orgullo y esperanza. Ademas, de esta forma se evitan las denuncias a la Inquisicion. Es casi inimaginable que un hijo denuncie a su madre. Tu, ni puedes ni debes reunirte con las mujeres para explicarles la doctrina; eso tiene que hacerlo una mujer. Nadie sospecha de una mujer que se reune con otras.

34

La idda de dos meses se cumplio a mediados de semana, pero Karim le rogo que no acudiera a buscar a Fatima hasta el domingo despues de la misa mayor. Aun no estaban casados conforme a la ley de Mahoma, y la boda, que se celebraria en secreto, planteo un serio problema a Hernando: no tenia dinero para el zidaque y sin dote no podia celebrarse el enlace. La mayor parte de su salario habia ido a parar a manos del alcaide de la carcel y el exiguo resto debia cubrirles los gastos. ?No disponia del cuarto de dobla que exigia la ley! ?Como podia no haber pensado en ello?

—Vale con una sortija —trato de tranquilizarle Hamid ante el problema.

—Tampoco tengo para eso —se quejo el, pensando en los caros talleres de plateria de Cordoba.

—De hierro. Con que sea de hierro, basta.

El domingo anduvo desde la iglesia de San Bartolome hasta la calle de los Moriscos en Santa Marina. Cruzo Cordoba entera sin apresurarse, dando tiempo a Karim y Fatima, sin dejar de acariciar entre sus dedos la magnifica sortija de hierro que le forjo Abbas aprovechando un resto de metal. Con sus grandes manos, tan distintas a las delicadas de los joyeros, Abbas llego incluso a grabarle minusculas muescas decorativas.

En la misma calle, dos jovenes moriscos que fingian charlar pero que en realidad vigilaban la posible visita de algun sacerdote o jurado, le saludaron con cordialidad. Un tercero que aparecio de la nada le acompano hasta la casa de Karim: un pequeno y viejo edificio de una sola planta con huerto trasero que, como todos, era compartido por varias familias. Sin embargo, las mujeres habian logrado encalar su fachada, como las de la mayoria de las humildes casas de la calle de los Moriscos, y su interior, al igual que sucedia con los de las casas de Granada, se presentaba inmaculadamente limpio.

Jalil, Karim y Hamid encabezaban la escasa lista de invitados que saludaron a Hernando; los imprescindibles para que el enlace alcanzara la notoriedad requerida en las bodas; pocas mas costumbres podian cumplirse en Cordoba. Hamid le abrazo pero el joven tenia la mente en su madre: la segunda vez que fue a la carcel, Aisha le suplico que no volviera a visitarla mas. «Tienes un buen trabajo entre los cristianos —alego—. Yo saldre pronto. No permitas que te vean por aqui, de visita a una morisca fugada, y que con ello puedan relacionarte con el desaparecido Brahim.» ?Le hubiese gustado tanto que su madre estuviera alli ese dia!

Hamid se deshizo del abrazo y tomandolo por los hombros le obligo a girarse hacia donde acababa de aparecer Fatima. Iba ataviada con una tunica de lino blanco prestada que contrastaba con su tez morena, con el chispear de sus inmensos ojos negros y con su largo cabello negro ensortijado que las mujeres habian adornado con coloridas flores diminutas. La esposa de Karim le habia regalado una delicada toca blanca que cubria su hermosa melena. Fatima lucia sus esplendorosos diecisiete anos. En el nacimiento de su cuello, alli donde Hernando percibio el palpitar del corazon de la muchacha, refulgia la prohibida joya de oro.

Le ofrecio su mano y ella la tomo con fuerza, la misma que habia demostrado hasta ese momento. Asi lo entendio Hernando, que apreto la suya a su vez. Cruzaron sus miradas y las sostuvieron. Nadie les interrumpio; nadie oso moverse siquiera. El fue

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