acercarse a el o por llevar una mano a su cuello para palmearlo. Saeta evitaba mirarle, pero erguia las orejas ante los cambios en su tono de voz. Asi estuvieron bastante tiempo. El potro no cedio; permanecio obstinado, en tension, la cabeza al frente sin hacer el menor ademan de ladearla para olisquearlo o buscar algun contacto.
—Ya te entregaras —auguro Hernando cuando decidio que no era el momento de ir mas alla—, y ese dia —continuo diciendo mientras abandonaba la cuadra atento a los pies del potro—, lo haras de corazon, mas que ninguno.
—Seguro que sera asi. —Hernando se volvio, sobresaltado, al oir la voz. Don Diego Lopez de Haro y Jose Velasco le observaban. El noble aparecia ataviado de domingo: calzas acuchilladas en diversas tonalidades de verde por encima de las rodillas, medias y zapatos de terciopelo; jubon negro extremadamente cenido, sin mangas, con lechuguillas en el cuello y en los punos de la camisa, sobretodo y espada al cinto. Jose, su lacayo, estaba al lado y a unos pasos por detras el mozo de guardia. ?Cuanto tiempo habrian estado observandole? ?Habria dicho alguna inconveniencia mientras le hablaba al potro? Recordaba... ?le habia hablado en arabe!—. ?Te ha dolido la coz? —inquirio don Diego senalando su pierna. Si habian visto como Saeta le propinaba una coz... ?Habian estado escuchando desde el principio!
—No, excelencia —tartamudeo.
Don Diego se acerco y apoyo una mano en el hombro del muchacho con familiaridad. El contacto, no obstante, intimido a Hernando: ?habia recitado algunas suras!
—?Sabes por que se llama Saeta? —El caballerizo real no espero su respuesta—. Porque es rapido y duro como ellas, y tambien agil y gallardo, y se mueve elevando manos y pies como si quisiera tocar el cielo con rodillas y corvejones. Tengo puestas grandes esperanzas en este potro. Cuidalo. Cuidalo bien. ?Donde has aprendido de caballos?
Hernando titubeo... ?Debia contarselo?
—En Sierra Nevada —trato de zafarse.
Don Diego ladeo ligeramente la cabeza, en espera de mayores explicaciones.
—En las sierras solo tenian caballos los monfies —apunto ante su silencio.
—Con Ibn... Aben Humeya —se vio obligado a reconocer entonces—. Me ocupe de sus caballos.
Don Diego asintio, su mano derecha seguia apoyada en el hombro de Hernando.
—Don Fernando de Valor y de Cordoba —musito—. Dicen que murio clamando su cristiandad. Don Juan de Austria ordeno que se exhumara su cadaver de las sierras y se le enterrase cristianamente en Guadix. —El noble penso durante unos instantes— Retirate —indico despues—. Hoy es domingo, ya continuaras manana.
Hernando desvio la mirada hacia las ventanas: el sol empezaba a ponerse. ?Fatima! Hizo una torpe reverencia y abandono las cuadras presuroso.
Don Diego, sin embargo, permanecio con la mirada fija en Saeta.
—He visto a muchos hombres reaccionar con violencia cuando un potro les cocea o se defiende —comento a su lacayo sin volverse hacia el—. Entonces los maltratan, los castigan y solo consiguen resabiarlos. Por el contrario, este chico se ha acercado a el con ternura. Cuida de ese muchacho, Jose. Sabe lo que hace.
Hernando subio corriendo las escaleras que llevaban a las habitaciones y golpeo la puerta.
