—Tendras que esperar —le dijo Fatima desde el interior.

—Esta anocheciendo —se oyo decir a si mismo en un tono tremendamente ingenuo.

—Pues tendras que esperar —contesto ella con firmeza.

Paseo arriba y abajo el pasillo que daba a las habitaciones hasta que se canso de hacerlo. ?Que estaba haciendo? El tiempo transcurria. ?Volvia a llamar? Dudo. Al final opto por sentarse en el suelo, justo frente a la puerta. ?Y si le veia alguien? ?Que les diria? ?Y si alguno de los demas empleados que vivian en el piso superior...? ?Y si era el propio caballerizo? ?Estaba abajo, en las cuadras! ?Que habria escuchado de las palabras que le habia susurrado al potro? Estaba prohibido hablar en arabe. Sabia que los moriscos habian elevado una peticion al cabildo cordobes en la que exponian la dificultad que para muchos de ellos suponia abandonar el unico idioma que conocian. Suplicaban una moratoria en la aplicacion de la pragmatica real para dar tiempo a que, aquellos que no lo sabian, aprendieran el castellano. Se la denegaron y hablar en arabe continuaba castigandose con multas y carcel. ?Que pena conllevaria, entonces, el recitar el Coran en arabe? Sin embargo, don Diego no habia dicho nada. ?Seria cierto que alli la unica religion eran los caballos...?

Unos timidos golpes en la puerta le alejaron de sus pensamientos. ?Que significaba...?

Los golpes se repitieron. Fatima golpeaba desde dentro.

Hernando se levanto y abrio con delicadeza. La puerta no estaba atrancada. Se quedo paralizado.

—?Cierra! —le grito Fatima con un hilo de voz y una sonrisa en los labios.

Obedecio con torpeza.

A falta de tunica, Fatima le recibio desnuda. La luz del ocaso y el titilar de una vela tras ella jugueteaban con su figura. Sus pechos aparecian pintados con alhena en un dibujo geometrico que ascendia en forma de llama hasta lamer la punta de los dedos de la mano de oro que volvia a pender de su cuello. Tambien se habia pintado los ojos, circundandolos hasta terminar dibujando unas largas lineas que resaltaban su forma almendrada. Un delicioso aroma de agua de azahar envolvio a Hernando mientras recorria con la mirada el esbelto y voluptuoso cuerpo de su esposa, los dos quietos, en un silencio solo roto por sus respiraciones entrecortadas.

—Ven —le pidio ella.

Hernando se acerco. Fatima no hizo ademan de moverse y el siguio con la yema de los dedos el dibujo de sus pechos. Luego, en pie frente a su esposa, jugueteo con sus pezones erectos. Ella suspiro. Cuando fue a tomar uno de sus pechos con la mano, ella le detuvo y tiro de el hasta donde estaba la jofaina. Entonces empezo a desnudarle con delicadeza y le lavo el cuerpo.

Entonces Hernando balbuceo unas primeras palabras y se abandono a los estremecimientos que le sacudian tan pronto uno de los senos de Fatima rozaba su piel, cada vez que sus humedas manos corrian sensualmente por su torso, por sus hombros, por sus brazos, por su abdomen, por su entrepierna...

Y mientras tanto, ella le hablaba en susurros, con dulzura: te quiero; te deseo; hazme tuya; tomame; conduceme al paraiso...

Cuando termino, le beso y se colgo de su cuello.

—Eres la mujer mas bella de la tierra —le dijo Hernando—.

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