la mano a tu padrastro. No alcanzabamos a comprender por que habia reaccionado tan violentamente con un hermano en la fe. Tambien comprendo la desconfianza de Hamid hacia el Sobahet y en el Manco.

Fatima comprendio entonces y clavo sus ojos negros, acusadores, en el semblante de Hernando.

—Creimos que era preferible que no te enteraras —reconocio el, apretando la mano de su esposa con mas fuerza—. Pero ?como sabes tu todo eso? —anadio dirigiendose al herrador.

—Ya te he dicho que estamos en permanente contacto. —Abbas se llevo la mano al menton y se lo froto repetidamente—. Tratare de arreglar este asunto. Exigiremos que te deje en paz. Te lo juro.

—Si tanto sabeis de los monfies —intervino entonces Fatima con la preocupacion en el rostro—, ?que ha sido de Brahim?

—Sano —contesto Abbas—. Tengo entendido que se sumo a una partida de hombres que pretendia cruzar a Berberia.

Y asi habia sido. Lo que nadie sabia, ni siquiera los hombres a los que Brahim se habia sumado en su fuga, era que el dolor de su miembro cercenado parecio desaparecer cuando Brahim echo un ultimo vistazo a las tierras de Cordoba que se extendian a los pies de Sierra Morena. Las constantes y tremendas punzadas que sentia en el brazo menguaron ante la ira que le asalto en aquel momento, el de abandonar el que dentro de su misera vida entre los cristianos habia constituido su unico anhelo: Fatima. Desde la distancia imagino a la esposa que los ancianos le habian robado en brazos del nazareno, entregada a el, ofreciendole su cuerpo, quiza ya con la simiente del bastardo en su vientre... «?Juro que volvere a por ti!», mascullo Brahim en direccion al llano.

Era poco despues de la hora tercia de un dia frio pero soleado y Hernando dudo a la hora de cruzar la puerta del Perdon de la mezquita cordobesa. Fatima lo percibio a tiempo pero Abbas se adelanto un par de pasos. Con todo, la multitud que se apelotonaba a sus espaldas los empujo hacia el interior al son de las campanas que repicaban en el antiguo alminar musulman, convertido en campanario.

Hernando llevaba tres anos viviendo en Cordoba y habia transitado decenas de veces alrededor de la mezquita; algunas veces se limitaba a esconder la vista en el suelo, otras miraba de reojo los muros que, a modo de fortaleza, rodeaban el lugar de oracion de los califas de Occidente y de los miles de fieles que hicieron de Cordoba el faro que irradiaba la verdadera fe hacia el poniente de la cristiandad.

Pero nunca se habia atrevido a entrar en ella. En la catedral se contaban mas de doscientos sacerdotes, excluyendo incluso a los miembros del cabildo, que diariamente oficiaban mas de treinta misas en sus muchas capillas.

Abbas volvio a sumarse a ellos cuando, una vez superado el vestibulo cubierto por una cupula que se abria tras el gran arco apuntado de la puerta, Hernando y Fatima fueron escupidos por la riada de gente que se desparramo en el huerto del gran claustro que antecedia a la entrada de la catedral, entre naranjos, cipreses, palmeras y olivos. El herrador creyo adivinar los pensamientos del joven, apreto los labios y le hizo un gesto animandole a que continuara. Fatima, ataviada con la toca blanca que habia llevado el dia de su boda, se agarro a su brazo.

El huerto del claustro se conformaba como un amplio rectangulo cerrado y rodeado de galerias de arcos sobre columnas en tres de sus lados, que coincidia en sus medidas con la fachada norte de la catedral. Pese al frescor de los arboles y las fuentes del huerto, los tres moriscos se encogieron ante la vision de los centenares de sambenitos que colgaban de las paredes del claustro, en notoria y permanente advertencia de que

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