la del esclavo impenitente, vivo, que de insistir en su postura arderia sin la gracia de ser previamente ejecutado a garrote vil, si les atraia.
—Asi lo pronunciamos y declaramos.
Los miembros del tribunal pusieron fin al auto de fe y los reos fueron entregados al brazo secular para que ejecutase las penas impuestas. Antes de que se hubiera podido oir la ultima palabra, la gente ya corria hacia el Quemadero, en el campo del Marrubial, ubicado en las afueras de la ciudad en su extremo oriental. Tenian que cruzar toda la ciudad.
El alboroto que origino la multitud permitio a Hernando dirigirse a Abbas sin cautelas. Se sentia asqueado. Hombres y mujeres de todas las edades se empujaban, reian y gritaban.
—?Un moro menos! —oyo que decia uno de ellos.
Un coro de risotadas aplaudio las palabras.
—?Tambien tenemos que presenciar como queman a uno de los nuestros? —pregunto el entonces.
—No, porque nos esperan en la biblioteca —contesto el herrador con cierta frialdad—, pero deberiamos hacerlo. —Hernando se dio cuenta al instante del error cometido—. Ese hombre morira reivindicando la verdadera religion delante de miles de cristianos exaltados, avidos de sangre y venganza todos ellos. Piensa que cuantos creyentes han sido hoy condenados se sienten orgullosos por ello. Las mujeres, con la excusa del frio, pediran sambenitos con los que vestir a sus hijos pequenos a fin de que les acompanen para mostrarnos a todos que no han olvidado a su Dios, que el culto sigue vivo entre los creyentes. —Fatima escuchaba con los ojos entrecerrados y con ambas manos sobre la barriga. Hernando hizo ademan de pedir excusas, pero Abbas no se lo permitio—: No hace mucho, hemos tenido conocimiento de que algunos dias despues de que se celebrase un auto de fe en Valencia, el verdugo que intervino en la ejecucion de las penas acudio al pequeno pueblo de Gestalgar, en la serrania, para cobrar a nuestros hermanos los honorarios por su infame trabajo. Uno de ellos se nego a pagar porque no habia sido azotado.
Comprobaron el error y el hombre recibio los cien latigazos en presencia de su familia y de sus vecinos y solo entonces, con la espalda en carne viva, pago al verdugo. Podia haber pagado y haberse librado de los azotes, pero prefirio sufrir la condena como sus hermanos. ?Ese es nuestro pueblo! —El herrador dejo transcurrir un instante, mientras paseaba la mirada sobre el bosque de columnas y arcadas bicolor, como si aquellos testigos del poder musulman pudieran ratificar su afirmacion—. Vamos —les dijo despues.
Atravesaron la mezquita entre los rezagados y quienes por una razon u otra no podian acudir a presenciar la ejecucion de las condenas. Ninguna de las autoridades restaba ya en el interior de la mezquita. Rodearon el crucero de la catedral en construccion, cuyos brazos se habian adaptado a las dimensiones de las originarias naves musulmanas, y dejaron atras las tres pequenas capillas renacentistas que se situaban en el trasaltar. La capilla mayor ya estaba construida; sin embargo, la cupula eliptica destinada a cubrirla todavia se hallaba pendiente, por lo que los andamiajes soportaban una cubierta provisional. Desde alli se dirigieron a la esquina suroriental, donde en una antigua capilla estaba la magnifica biblioteca catedralicia con centenares de documentos y libros, algunos de ellos manuscritos de mas de ochocientos anos de antiguedad. Aunque una magnifica reja de hierro forjado cerraba el recinto, la puerta estaba abierta.
—Tu esposa —dijo Abbas ya en la reja—, ?sera capaz de esperarnos aqui sin cometer ninguna torpeza?
Fatima hizo ademan de encararse con el herrador, pero Hernando se lo impidio con un simple gesto.
—Si —contesto.
