a decirle que la amaba, pero Fatima se lo impidio con un gesto casi imperceptible, como si quisiera prolongar aquel momento y deleitarse en la victoria. ?Cuanto les habia costado! En solo unos instantes, ambos al tiempo recordaron sus sufrimientos: la obligada boda y entrega de Fatima a Brahim...
—Te amo —afirmo Hernando, aunque intuia los pensamientos que poblaban la cabeza de su futura esposa; Fatima apreto los labios. Tambien ella adivinaba lo que el estaba pensando. ?Hernando habia soportado la esclavitud por su amor!
—Y yo a ti, Ibn Hamid.
Se sonrieron, momento que aprovecho la esposa de Karim para apresurarles. No convenia demorar la ceremonia.
Hamid hizo las exhortaciones. Aparecia envejecido; en ocasiones le temblo la voz y tuvo que carraspear repetidamente para recuperar el tono. Fatima perdio cualquier atisbo de entereza y serenidad al recibir el tosco anillo de hierro. Con manos temblorosas, busco el dedo adecuado; luego esbozo una sonrisa nerviosa. No hubo zambras ni bailes, ni siquiera un convite; se limitaron a orar en susurros en direccion hacia la quibla y el matrimonio abandono la calle de los Moriscos como una pareja mas. Fatima se habia quitado los adornos del cabello y se habia cambiado la tunica blanca por su ropa habitual. Iba con la cabeza cubierta por la toca y un diminuto hatillo en una mano. ?Cuanto arcon quedaria por llenar!, penso Hernando al ver lo poco que pesaba el hatillo.
Escondieron la mano de Fatima en el interior del Coran, que a su vez taparon con la toca blanca que Fatima doblo con primor. Para cumplir con la costumbre, introdujeron debajo del colchon de la cama un pequeno bollo de almendras. Luego, por enesima vez, ella recorrio las dos estancias, mirando aqui y alla, fantaseando con su futuro en aquella casa, hasta que llego a pararse de espaldas a el, frente a la jofaina, en la que deslizo con delicadeza las yemas de los dedos y rozo la superficie del agua limpia. Entonces le pidio que la dejara sola hasta el anochecer.
—Me gustaria prepararme para ti.
Hernando no llego a verle el rostro, pero su tono de voz, sensual, le dijo cuanto deseaba escuchar.
Ocultando su ansiedad, obedecio y descendio a las cuadras, que los domingos se hallaban desiertas; solo un mozo de guardia haraganeaba en el patio exterior. Paseo a lo largo de las caballerizas y palmeo las ancas y grupas de los potros distraidamente. ?Como se prepararia Fatima para el? No disponia de la tunica blanca abierta por los costados con que le habia recibido en su primera noche de amor, en Ugijar. ?No estaba en el hatillo! Se estremecio con el recuerdo de sus pechos duros y turgentes insinuados al contraluz, mostrandose, provocativos, a traves de las aberturas, moviendose mientras le servia, mientras le atendia...
No tuvo oportunidad de apartarse. Uno de los potros cerriles recien llegados de las dehesas coceo a su paso y alcanzo de refilon su pantorrilla. Hernando sintio un dolor agudo y se llevo las manos a la pierna; por fortuna, el potro todavia no estaba herrado y el dolor de la patada fue disminuyendo poco a poco. ?Estupido!, mascullo Hernando recriminandose su desidia. ?Como podia ir dando palmadas a aquellos animales que no estaban acostumbrados al trato? El potro se llamaba Saeta, y su fogoso caracter ya le habia indicado que le daria mas problemas que los demas. Hernando se acerco a el y Saeta tironeo del ronzal que le ataba a la pared. Atento a aquellos pies prestos a cocear de nuevo, se planto a su lado. Alli, quieto, espero pacientemente a que el animal se calmase, primero sin hablarle siquiera, para empezar a susurrarle tan pronto como el potro dejo de pelear contra sus ataduras y de moverse inquieto en el escaso espacio en el que se hallaba confinado. Le hablo con dulzura durante largo rato, igual que hacia con la Vieja en las sierras. No hizo intento alguno por
