—?Que vamos a comprar? —se intereso Hernando.
—Nada. Aunque si te preguntasen al volver, di que hemos estado buscando material pero que no me ha parecido convincente.
Habian llegado ya a la esquina con la calle del meson del Sol, que rodeaba la mezquita hasta la puerta del Perdon.
—Entonces, ?podriamos...? —indico senalando la calle que se abria a su derecha.
—?La carcel? —entendio Abbas.
—Si. Me gustaria ir a ver a mi madre. Conozco al alcaide —tranquilizo al herrador ante su expresion de duda—. No habra problema. Tengo que hablar con ella.
Abbas acabo accediendo y giro por la calle del Sol.
—Y yo tengo que hablar contigo —comento mientras subian hacia la puerta del Perdon, dejando a su izquierda los vestigios de su cultura en forma de magnificas puertas y arabescos labrados en la piedra de la mezquita—. Entiendo que quieras visitar a tu madre, pero te ruego que no te entretengas.
—?De que quieres hablar?
—Despues —se opuso Abbas.
Hernando se mezclo entre la gente que entraba y salia de la carcel hasta dar con el portero. Abbas espero fuera. Alrededor de un patio interior rodeado de arcadas, se alzaban dos pisos en los que se encontraban las celdas y las dependencias del alcaide y demas servicios, incluido un pequeno meson. Saludo al portero y le pregunto por el obeso y desastrado alcaide, que no tardo en aparecer en el patio al saber de la llegada del morisco.
Un hedor a heces acompano la llegada del alcaide. Hernando hizo ademan de apartarse cuando el hombre le tendio la mano derecha, todo el sucio de excrementos y mojado en orines.
—?Otro que se ha refugiado en las letrinas? —pregunto a modo de saludo tras suspirar y aceptar la mano que le ofrecia el jefe de la carcel.
—Si —afirmo el alcaide—. Esta condenado a galeras y es la tercera vez que se revuelca en la mierda para evitar que lo cojamos. —Hernando sonrio pese a la caliente humedad que notaba en la mano que estrechaba la suya. Se trataba de una estratagema de los presos que iban a ser sacados de la carcel antes de ser ajusticiados: esconderse en las letrinas para revolcarse en los orines y excrementos de los demas. Ningun alguacil queria acercarse a detenerlos, pero probablemente tres veces eran demasiado y en esta habia sido necesaria la presencia del mismo alcaide para llevar a galeras al condenado—. Me habian dicho que ya no volverias por aqui —anadio el alcaide poniendo fin al humedo apreton de manos.
—Se trata de un asunto particular. —Hernando percibio en el brillo de los ojos de su interlocutor el interes que origino su declaracion— La Hermandad ha ordenado el encarcelamiento de una mujer y su hijo. —El alcaide simulo pensar—. Se llama Aisha, Maria Ruiz.
—No se... —empezo a decir el alcaide frotando con descaro pulgar e indice de su mano, reclamando el pago acostumbrado.
—Alcaide —protesto Hernando—, esa mujer es mi madre.
—?Tu madre? ?Y que hacia tu madre en el camino de las Ventas?
—Veo que os acordais de ella. Eso quisiera saber yo: ?que hacia alli? Y, no os preocupeis, cumplire con vos.
