los moriscos fugados en grupos para que se pudieran acomodar en la escasa superficie lateral que restaba entre la camara de boga y las plataformas que llegaban hasta la borda. Luego volvio la mirada hacia el arraez de su nave, de pie en proa, el largo cabello rubio propio de los cristianos renegados del Adriatico cayendole por los hombros, suavemente mecido por el ritmo que imprimian los remeros. Brahim escupio al mar. La ayuda que les prestaban para la fuga no se sustentaba mas que en un interes comercial: los corsarios aceptaban transportar aquella despreciable carga humana con el unico fin de obtener el favor de los lugarenos.
Por eso, en cuanto la flotilla de galeotas entro en el puerto de Argel y avisto sus grandes e imponentes murallas mientras ulemas, alfaquies y todo tipo de gentes corrieron a recibirlos al son de los atabales, Brahim decidio que no continuaria ni un solo dia mas en una ciudad tan hostil para con los moriscos de al-Andalus como podia ser aquel nido de corsarios. Vagabundeo por sus calles durante un par de dias, lejos de los moriscos que acudian a venderse como mano de obra tan barata como en Espana a los propietarios de los numerosos huertos o campos frutales que rodeaban la ciudad, o incluso a las grandes explotaciones de trigo de la llanura de Yiyelli. Al fin, en el zoco, encontro una caravana que partia hacia Fez e intento incorporarse a ella, prometiendo trabajar tan duro como el que mas por los restos de la comida. ?Tenia hambre! Habia tenido que pelear con hombres mas fuertes que el, provistos de sus dos manos, por las basuras de los argelinos.
—Soy arriero —afirmo cuando vio como el arabe que debia de ser el jefe de la caravana, un hombre del desierto vestido a lo beduino, desviaba su mirada hacia el munon y meneaba la cabeza.
Entonces Brahim quiso demostrarle su valia con los animales, aun con una sola mano. Titubeo al recordar los problemas que habia tenido Ubaid para manejarse con las mulas en las Alpujarras, pero al fin se dirigio a un numeroso grupo de camellos que descansaban tendidos sobre sus cuatro patas. Era la primera vez que veia un camello e incluso en aquella complicada postura, con las patas dobladas, su joroba superaba en altura a cualquiera de las mulas con las que habia trajinado el arriero.
Acaricio la cabeza del animal ante la curiosidad del jefe de la caravana y la mas absoluta indiferencia del camello. Luego intento que se pusiera en pie y tiro con su mano izquierda del ronzal, pero el camello ni siquiera movio la cabeza. Jalo hacia uno y otro lado, como hacia con las mulas cuando no querian andar hacia delante, para enganarlas y lograr que emprendieran el paso hacia un lado, pero el terco animal permanecio impasible. Brahim vio que alrededor del arabe se habia congregado un pequeno grupo de gente que observaba la escena sonriendo; uno de ellos le senalaba, mientras apremiaba a otro camellero para que se sumara al espectaculo. ?A que venia aquella prisa?, penso. Sintio hervir la humillacion y pego un fuerte tiron del ronzal del camello para que se levantase pero, cuando iba a dar el segundo tiron, el animal lanzo una dentellada que le alcanzo en el estomago. Salto hacia atras, trompico y cayo al suelo entre las bostas de los camellos y las risotadas de los hombres de la caravana. ?Era eso! Sabian que iba a morderle. Se arrodillo para levantarse tratando de dar la espalda al grupo de camelleros. Las risas cesaron, salvo una carcajada infantil, aguda, que continuo resonando en el campamento. Mientras se levantaba, dudo en alzar el rostro hacia el lugar del que provenia aquella risa tan inocente como irritante. Por fin lo hizo y se topo con un nino de unos ocho anos, todo el ataviado en ropajes de seda verde bordada, como un pequeno principe. A su lado se hallaba un hombre enjoyado y armado con un alfanje en cuya vaina brillaban numerosas piedras preciosas incrustadas, tan lujosamente vestido como el nino; tras ellos, tres mujeres, todas con tunicas negras de amplias mangas, envueltas en mantos negros o azules sujetos con alfileres de plata sobre las tunicas, los rostros cubiertos con velos en los que aparecian agujeros para los ojos. Las munecas y los tobillos de las mujeres se veian adornados con numerosos aros de plata. Brahim miro directamente al nino. ?Tenia hambre! Mucha hambre. Quedarse en la ciudad supondria morir de inanicion, o a manos de algun jenizaro o corsario si le pillaban robando, unico destino
