que le quedaba salvo el de volver a trabajar los campos. ?Con una sola mano, ni siquiera podia enrolarse como remero o venderse como galeote!

Observo como el hombre del alfanje apoyaba carinosamente una mano en el hombro del nino, cuyas risas ya se habian apagado, y entonces se le ocurrio: guino un ojo al pequeno, dio un paso, busco apoyar su pie descalzo encima de una de las muchas bostas que aparecian desparramadas por doquier, y se dejo resbalar exagerando la culada con la que termino de nuevo sobre la tierra. Las carcajadas del nino estallaron otra vez y, de reojo, Brahim comprobo que los labios del hombre se torcian en una sonrisa. Desde el suelo, gesticulo e hizo mil aspavientos, torpes todos ellos. ?Que inventar para ganarse a aquel nino y a su padre?, pensaba mientras tanto. Jamas habia actuado como un bufon, pero ahora lo necesitaba. ?Debia abandonar aquella ciudad en la que todos le miraban por encima del hombro, como en Cordoba! ?No habia hecho tan largo viaje para terminar otra vez como un vulgar campesino, por mas mezquitas a las que pudiera acudir para llorar sus penas! Simulo tropezar una y otra vez cuando pretendia levantarse y las carcajadas del nino le animaron: se dirigio a otro camello tendido y salto sobre su joroba, dejandose caer como un saco por el otro lado; a las risas del nino se sumaron otras que no reconocio pero que supuso que procedian de los camelleros. Probo de nuevo a montarse con el mismo resultado y al final termino rodeando al camello, examinandolo con atencion, levantandole la cola, como si pretendiese averiguar donde se escondia su secreto.

Al escuchar la primera risotada del hombre del alfanje, Brahim se dirigio hacia ellos y les hizo una reverencia; el nino le mostro unos grandes ojos castanos empanados en lagrimas. El hombre asintio y le entrego una moneda de oro, una soltanina acunada en la propia Argel, y fue entonces cuando Brahim se percato del dolor que atenazaba todo su cuerpo, especialmente en la barriga, alli donde le habia mordido el camello.

Le permitieron viajar como el bufon del hijo del rico mercader de Fez, Umar ibn Sawan. Cerca de cincuenta camellos cargados de costosas mercaderias, vigilados por un pequeno ejercito contratado por Umar, se pusieron en marcha para recorrer la Berberia central, desde Argel hasta Tremecen, y de alli a la magnifica y rica ciudad de Fez, erigida entre cerros y colinas en el centro del reino de Marruecos. Durante el trayecto, Brahim comprendio el porque del mordisco del camello: sus cuidadores los trataban con carino y extrema delicadeza. Una simple vara con la que les rozaban las rodillas y el cuello servia para que se levantasen o se tumbasen y, en lugar de fustigarlos para que apresurasen el paso en las largas jornadas, cuando el cansancio empezaba a hacer mella, ?les cantaban! Para sorpresa del mulero alpujarreno, los animales respondian esforzandose y afirmando el paso. Umar y su hijo, Yusuf, viajaban montados en caballos arabes del desierto, pequenos y delgados puesto que solo los alimentaban con leche de camella dos veces al dia. Sin embargo, segun oyo, el que montaba el padre valia una fortuna: habia logrado superar a un avestruz en carrera en los desiertos de Numidia, donde lo adquirio el mercader. Las tres mujeres de Umar viajaban escondidas en pequenas cestas cubiertas de bellisimos tapices que se bamboleaban incesantemente al paso de los camellos que las transportaban.

Brahim viajaba a pie, mezclado entre camellos, cuidadores, esclavos, sirvientes y soldados. Compro unos zapatos viejos y un turbante con parte de la soltanina de oro con que el mercader le habia premiado las risas de su hijo; unas risas que tambien esperaba soltar a su costa el resto de la comitiva, por lo que era constante objeto de burlas, chanzas y empujones. El arriero simulaba grotescas caidas, permitiendo que le ridiculizaran en todo momento. Entonces respondia a las burlas con sonrisas y ademanes comicos. Descubrio que si andaba a cuatro patas, protegiendose el munon con la tela del turbante, sintiendo una punzada de dolor cada vez que lo apoyaba en tierra, los viajantes se reian; tambien lo hacian cuando, sin razon alguna, empezaba a correr en circulo alrededor de un camello o una persona, ululando como un loco. El pequeno Yusuf reia desde su caballo, por fuera de la comitiva,

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