siempre acompanado por su padre. ?Todos ellos eran imbeciles!, pensaba en los momentos de descanso. ?Acaso no eran capaces de percibir la ira de sus ojos? Porque en cada ocasion en que Brahim originaba una carcajada, un ardor incontrolable nacia en su estomago para quemar todo su cuerpo. ?Era imposible que no se percatasen del fuego que brotaba de sus pupilas! Andaba entre los camelleros y miraba de reojo a los dos jinetes, como charlaban y galopaban arriba y abajo de la caravana; como sonreian y daban incesantes ordenes que los hombres atendian con actitud servil. Tambien miraba el lujo de los tapices que tapaban las cestas de las tres mujeres y, por las noches, despues de haber divertido durante un buen rato al pequeno Yusuf, envidiaba las grandes tiendas en las que se alojaban el mercader y su familia, rebosantes de comodas telas, cojines y los mas variados enseres de cobre o hierro, mucho mas lujosas que cualquiera de las viviendas que Brahim hubiera conocido. Cuando Umar, Yusuf y sus mujeres se retiraban, el se acostaba en el suelo, junto a las tiendas.
A una jornada de Tremecen, llego a la conclusion de que debia escapar. Habian cruzado montanas y desiertos, y entre la gente se hablaba del proximo desierto que les esperaba tras superar la ciudad: el de Angad, donde partidas de arabes atacaban las caravanas que hacian la ruta entre Tremecen y Fez. Arabes. Se hallaba ya entre arabes: el reino de Tremecen, el de Marruecos, el de Fez. ?Estaba hastiado de humillaciones, de golpes y de burlas! ?Estaba harto de desiertos y de camellos que se movian al son de estupidas cantinelas!
Los soldados de guardia de las tiendas le consideraban un loco idiota, igual que los esclavos y la mayoria de los componentes de la caravana, por lo que hacia tiempo que habian dejado de vigilar sus movimientos o lo que hacia mientras dormia junto a la tienda. Por eso, la noche en que acamparon a unas leguas de Tremecen, Brahim no tuvo el menor impedimento en colarse dentro de la de Umar, arrastrandose por debajo de uno de sus laterales. Padre e hijo dormian profundamente. Escucho el acompasado respirar de ambos y espero a que su vision se acostumbrase a la tenue iluminacion de los destellos del fuego fuera de la tienda, alrededor del que dormitaban los tres guardias. Escruto en el interior, las sedas y los tapices, las lujosas ropas del mercader y de su hijo... y junto a Umar, un cofrecillo de metal engarzado en piedras preciosas. Casi arrastrandose, para impedir que se viera sombra alguna desde el exterior, se acerco a Umar y cogio el cofre, aunque tuvo que volver a dejarlo para, con su unica mano, introducir la magnifica daga del mercader en su propio cinto. Cogio de nuevo el cofre y salio por donde habia entrado. Se arrastro fuera de la tienda y comprendio que acababa de cerrar una terrible apuesta: huir o morir. Si le descubrian... Escondio el cofrecillo en su turbante, se lo ato con fuerza a la cintura y anduvo encogido entre los camellos y las personas que dormian; avanzaba muy despacio, a fin de impedir el tintineo procedente del interior del cofre, audible a pesar de la tela que lo envolvia, hasta llegar cerca de donde se almacenaban las mercaderias que transportaban los camellos. Alli tambien se apostaban hombres de guardia. Inspecciono los alrededores en busca de alguna de las hogueras que se habian encendido durante la noche; encontro una, se dirigio a ella, se descalzo e introdujo una brasa candente dentro de su zapato. Volvio al lugar de las mercancias y, escondido a algunos pasos, espero a que los guardias se apartasen en sus rondas constantes. Entonces lanzo la brasa, con el zapato, que fueron a caer entre unos fardos en los que se adivinaban ricos panos de seda. Sin comprobar el resultado de su lanzamiento, se dirigio a donde dormian trabados los caballos de Umar y su hijo.
Acaricio a los caballos para que se tranquilizasen y se acostumbraran a su presencia; de esos animales si sabia. Varios hombres dormian muy cerca. Cuando considero que los caballos aceptarian sus manejos sin molestarse y despertar a sus cuidadores, los destrabo con sigilo y emboco el de Umar, aquel que habia logrado vencer al avestruz. Entonces espero, agazapado. Alguien daria la voz de alarma. El tiempo transcurria lentamente sin que nada sucediese; Brahim imagino ya el alfanje de Umar sobre su cuello, en seguro castigo al robo que acababa de cometer, cuando resono un primer grito al que siguieron muchos otros. Una densa
