—?Vosotros lo sabiais! He elegido mal la distancia.
Rodrigo se acerco a el y le golpeo en el hombro.
—Pues eso te costara dinero.
Los animales empezaron a respirar con normalidad y se dispusieron a volver a la ciudad. Entonces Rodrigo les llamo la atencion.
—?Mirad! —exclamo senalando hacia la espesura.
La grupa y los cuartos traseros de una yegua sobresalian por debajo de unos matorrales. Se acercaron y desmontaron. Jose y Rodrigo se dirigieron a inspeccionar el cadaver de la yegua, mientras Hernando quedaba al cuidado de los caballos.
—Es una de las mas viejas —comento Jose desde el lugar en el que yacia el animal. Los dos volvieron a donde esperaba Hernando y montaron de nuevo—. Pero dio muy buenos potros —afirmo a modo de epitafio—. Nosotros volveremos a Cordoba —anadio dirigiendose al morisco—, tu ve en busca del yeguero y dile que aqui tiene un cadaver. Vuelves con el, y cuando haya desollado a la yegua, te llevas la piel para mostrarsela al administrador y que la de de baja en los libros. ?Ah, y apresurate antes de que alguna alimana se ensane con el cadaver y desaparezca la marca del hierro del rey!
Si algun carronero atacase el cadaver alli donde la yegua se hallaba herrada con la «R» coronada y esta desapareciese, seria imposible acreditar su muerte ante el administrador y los yegueros se encontrarian en un verdadero problema.
El pellejo de la yegua muerta con su hierro bien visible, que Hernando llevaba cruzado por delante de la montura, apestaba igual que aquellas que transportara desde el matadero a la curtiduria hacia mas de siete anos. ?Como habia cambiado su vida en ese tiempo! Encontrar al yeguero, volver al alcornocal y desollar el cadaver le llevo casi todo lo que restaba del dia; cuando termino, el sol se escondia ya, jugando con la silueta que se adivinaba de Cordoba: la catedral emergiendo de la mezquita, el alcazar, la torre de la Calahorra y los campanarios de las iglesias iluminadas con un resplandor rojizo por encima de las casas. El silencio en el campo era casi absoluto y se movian al paso. Correton pisaba con suavidad como si fuera consciente del hechizo. Hernando suspiro. El caballo volteo las orejas hacia el, sorprendido, y el jinete le palmeo el cuello.
Hacia cerca de ano y medio un joven domador habia sufrido un accidente en las dehesas; un toro al que corria derribo al caballo y corneo al hombre en la entrepierna.
Los jinetes que le acompanaban trasladaron a Alonso, que asi se llamaba el accidentado, a las caballerizas reales. Sangraba en abundancia, si bien no parecia que el asta hubiera afectado a zonas vitales. Con todo, cuando llego el cirujano a las cuadras y se enfrento a la herida que mostraba en la entrepierna y diagnostico que tendria que intervenir en la zona del glande del miembro de Alonso, este no se dejo tocar hasta que un escribano publico acudiese y, antes de ser tocado por el cirujano, diese fe de que su miembro no estaba retajado. Hernando fue quien tuvo que correr en busca del escribano publico. Temio que Alonso se desangrase en el tiempo en que tardaba el funcionario en responder y ponerse en marcha, pero a nadie parecia importarle aquella posibilidad: todos los presentes, incluido el cirujano, admitieron como logica la exigencia de Alonso. ?Era mas importante no parecer un judio o musulman que la propia vida! Para su sorpresa, el escribano vencio la pereza nada mas escucharle, le entrego sus papeles e instrumentos de escritura para que los llevase y corrio a las cuadras donde, volcado en la entrepierna del herido, siguio con interes los dedos y las explicaciones del cirujano entre la sangre y la carne desgarrada, para comprobar personalmente que el tal Alonso efectivamente no estaba previamente descapullado. Entonces levanto acta de que durante aquella intervencion y por motivos medicos, al decir del cirujano, habia sido necesario proceder a cortar
