Hamid—. Finjamos acogerlas con esperanza pero tratemos a la vez de que nuestros hombres no se sumen a proyectos ilusorios.
Dieron por cerrada la sesion y Abbas ayudo a Hamid a levantarse. Por precaucion, acostumbraban a abandonar por separado los lugares en los que se reunian, concediendose un tiempo de espera entre la partida de uno y otro. Hamid renqueo hasta la puerta de la casa.
—Apoyate en mi —le indico Hernando, al tiempo que le ofrecia su antebrazo.
—No debemos...
—Un hijo siempre se debe a su padre. Es la ley.
Hamid cedio, forzo una sonrisa y se apoyo en el brazo que le ofrecia. El herraje que marcaba su condicion de esclavo aparecia desdibujado en un rostro surcado por mil estrias.
—Con el tiempo va desapareciendo, ?verdad? —comento ya en la calle, consciente de que Hernando miraba de soslayo aquella senal infamante.
—Si —reconocio este.
—Ni siquiera la esclavitud puede vencer a la muerte.
—Pero todavia se pueden reconocer con claridad los contornos de esa letra —trato de animarle Hernando al tiempo que se despedia con un gesto casi imperceptible de uno de los vigilantes que continuaba simulando que jugaba en la calle de los Moriscos.
Hamid caminaba despacio, disimulando el dolor que le producia su pierna maltrecha. El cielo aparecia gris y pesado. Rodearon la iglesia de Santa Marina por su parte trasera y descendieron por las calles Aceituno y Arhonas para llegar a la zona del Potro y asi evitar las concurridas calles cercanas a la de Feria, empedradas algunas de ellas, por donde los domingos paseaban las gentes de Cordoba. Ademas, penso Hernando, en aquella zona de la Ajerquia era menos probable que se toparan con algunos jovenes nobles que hubieran decidido cortejar a alguna senorita corriendo un toro frente a su ventana; Hamid no hubiera podido escapar. Sin embargo, ese ano de 1578, igual que el anterior, la sequia habia asolado Cordoba aun en octubre, y la falta de lluvia provocaba un fuerte olor de los pozos negros en una zona en la que no existia el alcantarillado, pestilencia a la que se sumaba el hedor que despedian los muchos muladares donde la poblacion depositaba las basuras. El paseo, por tanto, no tuvo nada de agradable.
—?Como esta tu familia? —se intereso Hamid.
—Bien —contesto Hernando. En los cinco anos de matrimonio el y Fatima habian tenido dos hijos—. Francisco —al mayor le llamo Francisco en honor a Hamid, sin ningun nombre musulman por miedo a que los ninos pudieran llegar a utilizarlos— crece sano y fuerte; e Ines esta preciosa. Cada vez se parece mas a su madre; luce sus ojos.
—Si ademas llega a parecerse a ella en el caracter —anadio el alfaqui reconociendo la labor de Fatima—, sera una gran mujer. Y Aisha, ?ha superado...?
—No —se le adelanto Hernando—, no lo ha superado.
Habian tenido oportunidad de hablar de Aisha en otras ocasiones. Cuando salio de la carcel y se hizo cargo de su nueva situacion tras la fuga de Brahim, tambien acepto que, dadas las circunstancias, nunca mas podria tener a un hombre a su lado. Entonces Hernando le explico que la ley morisca establecia que la ausencia durante un plazo de cuatro anos sin noticia alguna del marido le daba derecho a pedir su divorcio al consejo.
