paredes de un edificio que mostraba un Cristo crucificado. Varias personas rezaban; otras encendian velas a sus pies y un hombre que solicitaba limosna para el altar se dirigio a ellos. Hernando le entrego una blanca y se santiguo mientras musitaba lo que el hombre entendio como una plegaria. ?Por que permitia aquel Dios, que tan bueno y misericordioso le decian que era, que cuatro de sus hermanastros hubieran tenido tal fin? ?Por que le habian robado la libertad y los medios de vida a un pueblo entero? Observo que Hamid le imitaba y se santiguaba tambien, y continuaron con su camino.

Llegaron a la interseccion de la calle de Arhonas con la de Mucho Trigo y la del Potro, alli donde se unian cinco de ellas formando una plazuela, y anduvieron hasta la mancebia en silencio.

—Y tu —se atrevio a preguntar Hernando unos pocos pasos mas alla de la puerta de la mancebia—, ?como te encuentras?

—Bien, bien —farfullo Hamid.

—?Que sucede? —insistio Hernando. Se detuvo y apreto la descarnada mano que reposaba en su antebrazo, dandole a entender que no le creia.

—Que me hago viejo, hijo. Eso es todo.

—?Francisco! —El chillido sobresalto a Hernando. Se volvio hacia la puerta de la mancebia y se encontro con una mujer grande, gruesa y de cabello grasiento, sudorosa y con las mangas dobladas por encima de los codos—. ?Donde estabas? —Continuo la mujer a gritos, pese a que se hallaban a escasos pasos de ella—. Hay mucho que hacer. ?Entra!

Hamid hizo ademan de entrar, pero Hernando le retuvo.

—?Quien es? —le pregunto.

—?Entra ya! ?Moro! —insistio la mujer.

—Nadie... —Hernando apreto la mano que todavia agarraba—. La nueva esclava que se ocupa de las mujeres —cedio entonces Hamid.

—?Significa eso...?

—Tengo que entrar, hijo. La paz sea contigo.

Hamid se desprendio de la mano de Hernando y renqueo hasta la mancebia sin volver la vista. La mujer le espero con los brazos en jarras. Hernando lo observo dirigirse a la mancebia con movimientos lentos y pausados; fruncio el ceno y apreto los punos al imaginar los rictus de dolor que habia visto reflejarse en sus facciones. Cuando el alfaqui paso al lado de la mujer, esta le empujo por la espalda.

—?Apresurate, viejo! —grito.

Hamid trastabillo y estuvo a punto de caer al suelo.

Hernando sintio que se le revolvia el estomago. Permanecio alli quieto, con aquella desagradable sensacion, hasta que la puerta del callejon de la mancebia se cerro a espaldas de la mujer. Entonces creyo oir mas gritos e imprecaciones. Una nueva esclava: ?Hamid ya no les era util!

Varios hombres que transitaban por la calle del Potro le empujaron al pasar por su lado.

?Que seria de Hamid?, se pregunto al tiempo que empezaba a andar sin rumbo. ?Cuanto tiempo haria que vivia en esa situacion? ?Como era posible que el no se hubiese dado cuenta, que no hubiera entendido el significado del dolor y resignacion que mostraba su... padre? ?Tanto le cegaba a uno la felicidad como para no percatarse del dolor ajeno?

—?Ingrato! —La exclamacion sorprendio a uno de los mesoneros de la plaza del Potro, adonde Hernando habia caminado sin desearlo. El hombre observo durante unos instantes al recien llegado, como sopesandolo: bien vestido, con sus borceguies de

Вы читаете La Mano De Fatima
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ОБРАНЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату