las Alpujarras se limitaron a enviarnos corsarios y delincuentes, mientras que las tropas que nos prometieron atacaban Tunez y el sultan invadia Chipre. No hace mucho que los argelinos han vuelto a ocupar Tunez y Bizerta y han logrado expulsar a los espanoles de La Goleta, y en cuanto al sultan...
—Hace ya tiempo que el sultan llego a un acuerdo con el rey para que la flota turca no ataque los puertos del Mediterraneo —le interrumpio Hernando. Los tres ancianos lo miraron, sorprendidos, y Abbas solto un bufido de incredulidad—. Quien vosotros sabeis —ni siquiera en la intimidad querian nombrar a don Julian; solo ellos cinco sabian en Cordoba quien era en realidad el sacerdote— ha tenido conocimiento de esa circunstancia. Se trata de acuerdos secretos. El rey no quiere mandar una embajada formal y ha enviado a un caballero milanes para que negocie la paz; hasta tal punto se desea mantener el secreto de la negociacion que el milanes se mueve por Constantinopla ataviado con ropas de esclavo. El rey Felipe no quiere que los franceses interfieran en sus negociaciones y tampoco que la cristiandad le considere un traidor por pactar la paz con los herejes, pero es asi. Los turcos han desviado sus esfuerzos hacia Persia, con la que estan en guerra, por lo que se hallan tan interesados como los cristianos en esos acuerdos de paz.
—Eso significa... —empezo a decir Karim.
—Que todas las promesas de liberacion para con nuestro pueblo son nuevamente falsas —termino la frase Hamid.
Hernando escucho al alfaqui con el estomago encogido. Hamid habia hecho un esfuerzo para hablar. Sus palabras fueron firmes, cortantes y secas, pero tras ellas parecio vaciarse. Envejecia; envejecia con una rapidez inusitada.
Durante unos instantes el silencio domino la estancia en la que se encontraban, cada cual sopesando aquella realidad.
—?No debe conocerse! —Exclamo al fin Karim—. La comunidad no debe conocer esas circunstancias...
—?De que serviria? —le interrumpio Hernando.
—No podemos negarles la esperanza —tercio Jalil, sumandose a las palabras de su companero. Hernando observo como Hamid asentia—. Es lo unico que nos queda. La gente habla de turcos, argelinos y corsarios con los ojos brillantes, encendidos. ?Que podriamos hacer sin su ayuda? ?Alzarnos de nuevo? —Jalil golpeo al aire, violentamente, con una mano—. No tenemos armas y controlan hasta nuestro mas minimo movimiento. Si en nuestro terreno, en la fragosidad de las sierras, armados y entusiastas, sufrimos una derrota, ?ahora nos aniquilarian! Si les despojamos de la esperanza que supone esa ayuda de la Sublime Puerta, la gente caera en la desesperacion y se lanzara a los brazos de los cristianos y de su religion, y eso es lo que pretenden. Debemos mantener viva esa ilusion. Todas nuestras profecias asi lo anuncian: ?los musulmanes volveremos a reinar en al-Andalus!
Hernando se vio obligado a convenir con aquella postura.
—Dios, el que otorga poder, el que humilla —sentencio Hernando, cruzando su mirada con Hamid—, nos protegera.
Hernando y Hamid se hablaron con los ojos; los demas respetaron aquel momento de comunion.
—Dios —susurro entonces el alfaqui, cantando, igual que en las Alpujarras— extravia al que quiere y dirige al que quiere. Que tu alma, ?oh Muhammad!, no se suma en la afliccion sobre su suerte. Dios conoce sus acciones.
Transcurrieron otros instantes en silencio.
—Continuemos pues aceptando las promesas de ayuda que nos llegan por parte de los turcos —fue Jalil quien rompio el hechizo producido tras las palabras de
