el prepucio del miembro del jinete. Luego entrego el documento al enfermo, que lo agarro como si en ello le fuera la vida... o el honor.

—No creo que Alonso pueda volver a montar en algun tiempo —comento don Diego a su lacayo tras firmar el documento publico en calidad de testigo—. ?Sabes montar? —le pregunto de sopeton a Hernando, que todavia permanecia junto al escribano.

—Si... —titubeo este ante la oportunidad que tanto deseaba.

Don Diego comprobo su afirmacion montandole en un caballo de cuatro anos, presto a ser entregado al rey. Entonces, tan pronto como sintio entre sus piernas el poderio de uno de aquellos animales, resonaron en su cabeza todos y cada uno de los consejos de Aben Humeya: erguido; recto; orgulloso, sobre todo orgulloso; suave en la mano; son tus piernas las que mandan; energico solo si es necesario; ?baila! ?Baila con tu caballo! ?Sientelo como si fuera parte de ti! Y bailo con el caballo, pidiendole los movimientos que durante mil dias habia observado que los jinetes expertos obtenian de sus monturas mientras los trabajaban en el patio de caballos o en los soportales, el picadero cubierto que el rey mando construir para proteger a los animales del clima extremo de los veranos e inviernos. El mismo se sorprendio de la respuesta del caballo a sus piernas y a su mano, extasiandose con los aires y la doma de aquel ejemplar de pura raza espanola.

—Tiene el mismo instinto, el mismo arte que pie a tierra con los potros —comento don Diego a Jose y Rodrigo mientras contemplaban las evoluciones de jinete y caballo—. Ensenadle. Ensenadle cuanto sabeis.

Y los domadores le ensenaron. Tambien lo hizo don Julian en la biblioteca de la catedral de Cordoba, que el cabildo habia decidido trasladar ese mismo ano. De la mano del sacerdote, Hernando profundizo en el conocimiento de la lengua sagrada hasta llegar a dominar el arabe culto. Acudia a la mezquita por las noches despues de haber trabajado en las caballerizas, cuando el trasiego de sacerdotes y personas disminuia, antes de los oficios de completas a veces incluso despues, y de que se cerraran las puertas del templo. Don Julian era el ultimo de los sacerdotes que los mudejares primero, y los moriscos despues, una vez que el cardenal Cisneros y los Reyes Catolicos ordenaron su expulsion o conversion forzosa lograron introducir de forma subrepticia en la gran mezquita cordobesa.

—Desde que el rey Fernando conquisto Cordoba y la mezquita cayo en manos cristianas —le explico don Julian con su voz dulce, sentados los dos solos en una mesa de la biblioteca, cabeza con cabeza, frente a unos documentos y a una lampara—, casi siempre ha existido un musulman disfrazado con los habitos de sacerdote. Nuestra funcion ha sido la de orar en este recinto sagrado, aunque sea en silencio, asi como enterarnos de lo que opina la Iglesia, lo que piensa hacer, y advertir de ello a todos nuestros hermanos. Solo desde dentro de sus iglesias y de sus cabildos puede conseguirse todo esto.

—?No pretendereis que yo me ordene sacerdote! —se sorprendio Hernando.

—No, claro que no. Por desgracia, infiltrar a nuevos musulmanes entre los religiosos cristianos es ya casi imposible. Los expedientes de limpieza de sangre y las informaciones que tienen que ofrecerse para acceder a cualquier cargo en el cabildo catedralicio se han complicado con el tiempo.

Hernando conocia los expedientes de limpieza de sangre. Se trataba de procedimientos administrativos por los que una persona debia acreditar que entre sus antepasados no existia ningun converso musulman o judio. La limpieza de sangre se convirtio en Espana en un requisito imprescindible para acceder no solo al clero, sino a cualquier cargo publico.

—El estatuto de limpieza de sangre de esta catedral

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