un trabajo le ayudaria a salir de su estado de melancolia, se habia atrevido a insinuar a don Alfonso la posibilidad de trabajar domando a los caballos, pero la respuesta de este fue tajante.
—No pretenderas que la gente piense que no soy generoso con quien me salvo la vida. —Se hallaban en el despacho del duque. Don Alfonso leia un documento mientras un numeroso grupo de personas esperaba en la antesala—. ?Acaso te falta algo aqui? —anadio sin levantar los ojos del papel—. ?No eres bien tratado?
?Como decirle al duque que su propia esposa era la primera que le humillaba? El agradecimiento de don Alfonso de Cordoba era sincero Hernando lo sabia, y no percibia en el un apice de impostura, pero dona Lucia...
—?Y bien? —le insistio el noble desde detras de su escritorio.
—Ha sido una necedad —se retracto Hernando.
Pasara lo que pasase, nunca volveria a la curtiduria, se dijo ese dia, una vez mas, cuando llego a las puertas del palacio. El portero le hizo esperar un instante de mas antes de abrir la puerta. Lo recibio en silencio, sin la reverencia con que saludaba a los demas hidalgos. En la entrada, el morisco le entrego su capa.
—Con Dios —le dijo el de todos modos, mientras el hombre la recogia sin mirarlo.
A sabiendas de que el portero le observaba a sus espaldas, reprimio un suspiro y se enfrento a la inmensidad del palacio: en ese momento, y hasta que no pudiera refugiarse en la soledad de la biblioteca, se iniciaba un sinfin de pequenas afrentas. La cena estaba pronta a ser servida y Hernando vio moverse por el palacio a varios criados; lo hacian en silencio, presurosos. Mas de cien personas atendian a los duques, a su familia y a cuantos pululaban a su alrededor.
Hernando habia tenido que aprender a distinguir a todo aquel personal. El capellan, el mayordomo, el secretario, el camarero y la camarera de los duques encabezaban la larga lista. Les seguian el maestresala, el caballerizo, el contador y el tesorero. Tras ellos el veedor, el botellero, el repostero de estrados y el repostero de plata; el comprador, el despensero, el repartidor y el escribano. Las ayas de los ninos y sus profesores. Y por ultimo el resto de los criados, decenas de ellos: varones en su mayoria; algunos de ellos libres, otros esclavos, y entre estos ultimos varios moriscos. Para terminar, media docena de ninos que actuaban como pajes.
Dona Lucia habia dispuesto que Hernando fuera instruido en los modales cortesanos, principalmente en los de la mesa, una de las ceremonias mas importantes en las que debia distinguirse a los caballeros. La dama tomo esa decision tras la primera comida de Hernando en la larga mesa a la que se sentaban los duques, el capellan y los once hidalgos. Ese dia, los pajes y oficiales de mesa sirvieron capones y palominos, carnero, cabrito y lechones como primer plato. Luego, el consabido potaje de los cristianos, cocido hecho con carne de gallinas, carnero, vaca y legumbres, todo aderezado con libras de tocino para el caldo. Despues, el manjar blanco: pechugas de gallina cocidas a fuego lento en salsa de azucar, leche y harina de arroz, y para terminar, pasteles hojaldrados y fruta. Hernando, sentado a la derecha del duque, frente al capellan, se encontro con tenedores, cuchillos y cucharas de plata dorada ordenadamente dispuestos; platos y tazas, copas y vasos de cristal, saleros, servilletas y una escudilla con agua que le trajo un paje. Ante la socarrona mirada de los hidalgos y del capellan, Hernando hizo ademan de llevarsela a los labios para beber cuando, azorado, vio como el duque le guinaba un ojo antes de lavarse las manos en ella.
Dona Lucia no pensaba tolerar esa falta de modales en su mesa. Cuando terminaron de comer, el morisco fue llamado a una salita privada donde le esperaban
