—Se divertian torturandolos —contaba una—: les cortaban el dedo indice y el pulgar para que no pudiesen hacer la senal de la cruz antes de morir.
—Izaron al beneficiado hasta lo alto de la torre de la iglesia —recordo otra entre sollozos—, con los brazos extendidos y atados a un tronco horizontal del que colgaba el cuerpo, mofandose del calvario de Nuestro Senor. Una vez arriba, soltaron la soga y el clerigo se desplomo sobre las losas de la plaza. Lo repitieron en cuatro ocasiones, aplaudiendo y riendo en cada una de ellas. Luego, descoyuntado pero vivo, lo entregaron a las mujeres y estas le lapidaron.
Por todo el pueblo se repetian las mismas escenas: los soldados clamaban venganza ante las atrocidades que oian en boca de las mujeres. Una joven de Laroles narro que los moriscos, despues de haber pactado la rendicion de los cristianos, incumplieron su palabra y untaron los pies de los clerigos con aceite y pez, y los martirizaron sobre las brasas antes de ejecutarlos y descuartizar sus cuerpos. Otra mujer de Canjayar conto que en su pueblo se simulo la celebracion de una misa, con el beneficiado y el sacristan desnudos en el altar. Obligaron al sacristan a pasar lista, y cada vez que un morisco escuchaba su nombre, se acercaba, y ya fuere con un punal, con una piedra, un palo o las manos desnudas, se ensanaba con el clerigo y el sacristan procurando no causarles la muerte. Al final, todavia vivos, los descuartizaron lentamente, empezando por los dedos de los pies.
Sin embargo, al tiempo que sucedia eso entre los soldados, una comision compuesta por dieciseis alguaciles musulmanes de los principales lugares de las Alpujarras se presentaba ante el marques de Mondejar. Los alguaciles se echaron a los pies del capitan general suplicando el perdon para ellos y para todos los hombres de los pueblos que se rindiesen. El marques de Mondejar cedio y prometio clemencia a quienes depusieran las armas; nada prometio, sin embargo, con respecto a Aben Humeya y los monfies. Luego ordeno que el ejercito fuese hacia el castillo.
La rendicion corrio de boca en boca por las filas cristianas. Despues de todo lo que habian visto y oido, despues de los lamentos y llantos de las cristianas, despues de recorrer decenas de leguas para acudir en defensa de las Alpujarras sin paga ni soldada a cambio, no podian consentir aquel perdon. ?Los moriscos debian ser castigados y sus bienes repartidos entre los soldados! En el camino de acceso al castillo, los cristianos se toparon con Hamid y dos ancianos con bandera blanca que les rendian la fortaleza y suplicaban clemencia para las mas de dos mil mujeres, sus hijos y los hombres que quedaban en su interior.
El marques accedio y dicto un bando decretando el perdon de los hombres y ordenando la libertad de las mujeres moriscas y sus hijos. Para calmar a la soldadesca, los autorizo a saquear todas las riquezas que hubiera en el castillo y en el pueblo. Luego ordeno que los rendidos fueran custodiados en las casas de Juviles. Las moriscas y sus hijos fueron confinados en la iglesia, al menos los que cabian en ella; las restantes permanecieron en la plaza, vigiladas por unos soldados indignados ante el rumbo que tomaban los acontecimientos.
Las decisiones del marques y el descontento que reinaba entre los soldados cristianos llegaron a oidos de la larga columna de moriscos que huia hacia Ugijar. Hernando sonrio abiertamente a tres ancianos que no habian querido quedarse en el castillo y caminaban junto a las mulas, apoyandose en ellas de tanto en tanto.
—Nada les sucedera a las mujeres —exclamo agitando un puno cerrado.
Pero ninguno de ellos respondio. Continuaron andando con seriedad.
—?Que sucede? —se intereso—. ?Acaso no habeis oido que el
