—?Quien eres? —Susurro el hombre que le inmovilizaba, liberando su boca no sin aumentar la presion del filo sobre el cuello—. ?Como te llamas?
—Ibn Hamid.
—?Que haces aqui? —inquirio un tercero.
—Supongo que lo mismo que vosotros —contesto—. He venido a rescatar a mi madre —anadio despues.
Le dieron la vuelta, ahora con la punta del cuchillo en su nuez, pero ni uno ni los otros alcanzaron a verse los rostros al tenue reflejo de los fuegos cristianos.
—?Como podemos saber que no nos engana? —oyo Hernando que se preguntaban entre ellos.
—Habla en arabe —senalo uno.
—Tambien algunos cristianos lo conocen. ?Mandarias un espia que no hablase arabe?
—?Para que iban a mandar los cristianos un espia aqui? —pregunto el primero.
—Matalo —tercio el otro.
—No hay otro Dios que Dios, y Muhammad es el enviado de Dios —recito Hernando. Instantaneamente el filo del cuchillo aminoro la presion. Luego continuo con la profesion de fe morisca.
Paulatinamente, a medida que recitaba la misma oracion que no hacia mucho le salvara de los vecinos de Juviles que querian entregarle, el cuchillo fue apartandose de su cuello. Eran tres moriscos de Cadiar que pretendian liberar a sus mujeres e hijos.
—Hay muchas de ellas refugiadas en la iglesia —le explico uno de ellos—. Otras estan fuera, en la plaza, pero es imposible saber donde estan exactamente las nuestras. ?Hay centenares de ellas con sus ninos y no se ve absolutamente nada! Los soldados no les han permitido encender fuegos y no son mas que una masa informe de sombras. Si nos internamos ahora no lograremos encontrarlas, y el revuelo sera tal que los soldados se daran cuenta.
?Y los hombres?, penso Hernando. ?Y Hamid? Solo hablaban de mujeres y ninos.
—?Y los hombres que se quedaron en el castillo? —pregunto.
—Creemos que los tienen encerrados en las casas.
—?Como podremos liberarlos? —pregunto Hernando en un susurro.
—Tenemos tiempo para pensarlo —le contesto otro de los moriscos—. Debemos esperar al amanecer. Antes no podremos hacer nada —anadio.
—?A la luz del dia? ?Que posibilidades tendremos entonces? ?Como lo haremos? —se sorprendio el muchacho.
No obtuvo respuesta.
El frio de la noche se arrojo sobre ellos a la espera del amanecer. Se hallaban escondidos tras unos matorrales. Hablaron en susurros. Hernando supo de las mujeres e hijos de los de Cadiar. El, por su parte, les explico que en aquella iglesia y alli mismo, en ese bancal, llego a descubrir el intenso dolor que habia padecido su madre.
Al cabo de un buen rato, ya noche cerrada, el silencio
