marques ha perdonado a los que han quedado atras?

—Un hombre contra un ejercito —contesto el que parecia mayor de los tres, sin mirarle—. No puede ser. La codicia de los cristianos pasara por encima de cualquier orden del marques.

Hernando se acerco al anciano.

—?Que quieres decir?

—El marques tiene interes personal en nuestro perdon: gana mucho dinero con nosotros. Pero los soldados que le acompanan... ?Solo son mercenarios! Hombres sin paga que han venido a enriquecerse. Los cristianos solo respetan aquello que les proporciona dinero. Si las mujeres hubieran sido hechas cautivas las respetarian, puesto que significan dinero. De no ser asi..., no existira orden ni bando de noble alguno, ni siquiera del rey, que pueda impedir... —Hernando borro la sonrisa y tanteo el alfanje de Hamid que llevaba colgado al cinto—. Que pueda impedir que los soldados se desmanden —finalizo el anciano acongojado.

Hernando salio corriendo sin pensar. Sorteo a los moriscos que le seguian, sin contestar a ninguna de las preguntas que le efectuaban al chocar contra ellos. ?Juviles! Su mente estaba puesta en Juviles y en su madre, en Hamid. Brahim escucho los gritos y quejas que Hernando provocaba a su paso y obligo al overo a volver hacia atras, pero al llegar a la altura de los ancianos que acompanaban al muchacho, uno de ellos le detuvo con un gesto de su mano.

—?Adonde va? —pregunto Brahim.

—Imagino que va a hacer lo que deberian haber hecho todos los musulmanes: luchar... ofrecer la vida por su gente, por su familia y por su Dios.

El arriero fruncio el entrecejo.

—Todos luchamos por ellos. Esto es una guerra, anciano.

El morisco asintio.

—No lo sabes bien —musito.

Hernando llego a Juviles cuando ya habia anochecido. Los cristianos estaban por doquier. Segun los espias que habian llevado las noticias de la rendicion a la columna de moriscos, el marques habia ordenado que las mujeres y sus hijos se congregaran en la iglesia. Rodeo el pueblo para poder llegar hasta la iglesia por los bancales que lindaban con ella y con la plaza por el sur. Era noche cerrada; solo titilantes puntos de luz diseminados, los fuegos de los soldados cristianos, rompian la oscuridad. Recorrio de cuclillas el mismo bancal donde su madre acuchillo al sacerdote; la plaza y la iglesia quedaban sobre su cabeza. «Lo ha hecho por ti», le habia dicho Hamid en aquel mismo bancal mientras ambos observaban la venganza de su madre. Las conversaciones de los cristianos le llegaban en forma de murmullos, interrumpidos de repente por una carcajada o algun improperio.

Estaba tratando de escuchar mas alla de los soldados cuando alguien se le abalanzo por la espalda y le inmovilizo con la rodilla. No tuvo tiempo de gritar: una fuerte mano le tapo la boca al instante. Noto el acero de un cuchillo en el cuello. Asi habia matado el a los caballos, penso Hernando. ?Iba a morir como ellos?

—No lo mates —pudo escuchar que siseaban en arabe justo antes de que la hoja sajase su yugular. Eran varios hombres—. Me ha parecido ver unos destellos... Mira ese alfanje.

Hernando noto que le quitaban la espada del cinto. El tintineo de los colgantes de la vaina los paralizo a todos, pero los murmullos cristianos continuaron como si nada sucediera.

—Es de los nuestros —advirtio otro al tantear con sus dedos los colgantes de la vaina curvada.

Вы читаете La Mano De Fatima
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату