Al lado de su hijastro, Brahim se movio inquieto.
— He pedido ayuda a Uluch Ali, beylerbey de Argel —prosiguio Aben Humeya—, prometiendo vasallaje al Gran Turco, y me consta que en una de las mezquitas de Argel se estan acumulando armas para ser traidas a nuestro reino. Cuando se inicie la epoca de navegacion nos llegaran esas armas... que tendremos que pagar.
El rey se mantuvo en silencio durante unos instantes. Hernando se preguntaba si aquella propuesta incluia a su padrastro cuando Aben Humeya volvio a tomar la palabra.
—Necesitamos arcabuces y artilleria. La mayoria de nuestros hombres luchan con simples hondas y aperos de labranza. Ni siquiera tienen alabardas o espadas. Sin embargo... ?Tu si tienes un buen alfanje! —Senalo el arma que colgaba del cinto de Hernando.
Hernando la desenvaino para mostrarsela y el alfanje aparecio manchado de sangre. Entonces recordo los golpes que habia dado con el, los tajos en carnes cristianas que habia percibido en la oscuridad. No habia tenido oportunidad de pensar en ello. Contemplo absorto la hoja del alfanje, ennegrecida de sangre seca.
—Veo que tambien la has usado —dijo entonces Aben Humeya—. Confio en que sigas haciendolo y en que muchos cristianos caigan bajo ese acero.
—Me la dio Hamid, el alfaqui de Juviles —explico Hernando. Evito, no obstante, mencionar que la espada habia sido propiedad del Profeta; se la quitarian sin dudarlo y el habia prometido a Hamid que cuidaria del arma. El rey asintio en senal de conocer al alfaqui—. Hamid estaba con los hombres, en el pueblo... —anadio el muchacho con pesar.
Luego guardo silencio y Aben Humeya se sumo a ese momento de respeto. Uno de los monfies se incorporo para coger el alfanje, pero el monarca, al ver la avida mirada del morisco puesta en la vaina de oro, dijo en voz bien alta:
—Cuidaras de ella hasta que puedas devolversela a Hamid. Yo, rey de Granada y de Cordoba, asi lo dispongo. Seguro que podras devolversela, muchacho —sonrio Aben Humeya—. En cuanto jenizaros y berberiscos acudan en nuestra ayuda, volveremos a reinar en al-Andalus.
Abandonaron la casa donde se alojaba Aben Humeya y consiguieron comida. Los hombres se sentaron en el suelo a dar cuenta del cordero.
—?Quien es ella? —gruno Brahim senalando a Fatima.
—Escapo con nosotros de Juviles —contesto Aisha, antes de que Hernando pudiera responder.
Brahim entrecerro los ojos y los clavo en la muchacha, que estaba de pie junto a Aisha; Humam dormia en un capazo entre ellas. Con un pedazo de cordero en la mano, la miro de arriba abajo, deteniendose en sus pechos y en su rostro, en aquellos maravillosos ojos negros que Fatima bajo, turbada.
El arriero chasqueo la lengua, impudicamente, como si la aprobase, y mordio el cordero.
—?Y mis hijas? —inquirio mientras masticaba.
—No lo se. —Aisha ahogo un sollozo—. Era de noche... Habia mucha gente... No se veia nada... No pude encontrarlas. ?Vigilaba a los varones! —se excuso.
Brahim miro a sus dos hijos y asintio, como si aceptara aquella excusa.
