altero al encontrarse con el rey y su hijastro juntos—. He decidido no concederte la mano de esa muchacha. Alguien a quien nuestro pueblo debe grandes favores la ha reclamado para si: tu hijo, a quien se la concedo.

El arriero apreto los punos, logrando asi reprimir la ira que se reflejaba en la tension de todos los musculos de su cuerpo. ?Era el rey! Los demas moriscos enmudecieron con la mirada puesta en Hernando.

—Ahora —continuo Aben Humeya—, disfrutemos de la hospitalidad de mi primo Ibn Abbu. ?Comed y bebed!

Hernando trastabillo detras de Aben Humeya, que se detuvo solo a un par de pasos mas alla para hablar con uno de los jefes monfies. No escucho la conversacion: la agitada respiracion se lo impedia. Con todo, por el rabillo del ojo vio a Brahim que, con ademan furioso, salia de la casa de Aben Aboo.

No logro ver a Fatima. Durante el banquete las mujeres permanecieron ocultas en el interior de la vivienda. Hernando se nego a beber otra cosa que no fuera agua fresca y limpia, despues de comprobar que no estaba turbia por la mezcla con pasta de hashish, mientras su mente no paraba de dar vueltas y vueltas. La gente ya se marchaba, y a medida que la concurrencia disminuia, el muchacho veia acercarse la hora en la que tendria que explicarse ante Fatima. Aben Humeya habia dicho que el la habia reclamado para si… ?y que se la concedia! ?Significaba eso que debia casarse con ella? Lo unico que pretendia... ?era que no se casase con Brahim! Muchos eran los que le miraron y cuchichearon durante el transcurso de la noche; alguno incluso le senalo. ?Todos los presentes lo sabian! ?Como explicaria a Fatima...? ?Y Brahim? ?Cual seria la reaccion de su padrastro por haberle quitado a Fatima? El rey le defendia, pero...

Quedaban poco mas de una decena de hombres en casa de Aben Aboo, entre ellos Aben Humeya, el Zaguer y el Dalay, alguacil de Mecina, cuando un soldado morisco entro corriendo.

—?Los cristianos nos han rodeado! —profirio frente al rey—. Una partida de hombres se ha dirigido a Valor y otra esta ya sobre Mecina —explico ante el gesto de apremio de Aben Humeya—. Vienen hacia aqui. He podido oir las ordenes de sus capitanes.

Aben Humeya no tuvo que dar orden alguna. Todos los que no eran vecinos de Mecina y a los que no alcanzaba la salvaguarda del marques, saltaron los muros de la casa por no utilizar la puerta y se perdieron en la noche en direccion a las sierras.

De pronto, Hernando se encontro solo en el jardin, junto a Aben Aboo.

—?Huye! —le apremio el jefe morisco indicandole la tapia.

Las mujeres que todavia quedaban en el interior salieron en tropel, descubiertos sus rostros por la urgencia.

—?Fatima! —grito Hernando.

La muchacha se detuvo. Hernando vio brillar sus grandes ojos negros a la luz de una antorcha. En ese momento un grupo de cristianos entraron en el jardin y chocaron con las mujeres. En aquellos preciosos segundos de desorden, mientras los cristianos se deshacian de las moriscas, el corrio hacia Fatima, la agarro y se introdujo de nuevo en la vivienda. Los gritos de los soldados llegaban desde el jardin.

—?Donde esta Fernando de Valor y de Cordoba, el mal llamado rey de Granada?

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