tanto de todo ?y me prometio que te lo diria! —logro excusarse el—. Y, en cuanto a Fatima..., lo he arreglado. El rey se ha echado atras: Fatima ya no tendra que casarse con Brahim.
Aisha nego con la cabeza, la boca firmemente apretada y el menton tembloroso, antes de volverse para esconder las lagrimas que anegaron sus ojos.
Hernando callo, impresionado ante la reaccion de su madre.
—No sabes lo que dices —sollozo Aisha—. No puedes hacerte una idea de las consecuencias del cambio de opinion del rey.
Sin embargo, Aisha no lloro cuando Brahim la golpeo violentamente. Lo hizo nada mas llegar, fuera de la cueva, en presencia de Fatima, los ninos y algunos moriscos que se hallaban en el lugar compartiendo las escasas provisiones de que disponian. Hernando vio desplomarse a su madre y desenvaino el alfanje.
—?Es mi esposo! —le detuvo Aisha desde el suelo.
Brahim y su hijastro se midieron con la mirada durante unos instantes. Finalmente el muchacho bajo los ojos: aquella escena le devolvia a su infancia, y, a su pesar, volvio a sentirse impotente ante el odio cerval que destilaban los ojos de su padrastro; un odio al que podia dar rienda suelta. El arriero aprovecho aquel momento de vacilacion para derribar a Hernando de un fuerte punetazo; luego se abalanzo sobre el y siguio golpeandolo con sana. El joven no opuso resistencia. Era mejor eso que presenciar como los recibia su madre.
—?No te acerques a Fatima! —susurro Brahim, sudoroso por la paliza que acababa de propinarle—. O sera tu madre la que pruebe estos punos... ?Esta claro? El rey te tiene aprecio, perro nazareno, pero nadie se atrevera a interferir en como trata un morisco a su esposa. No quiero verte dentro de mi casa.
Cierto era que Aben Humeya, a pesar de sus otros defectos, habia demostrado cierta predileccion por el joven arriero. Tras el asalto a Mecina, el rey se habia interesado por la suerte corrida por Hernando. Habia mandado a buscarle y se habia alegrado de saber que habia escapado sano y salvo de Mecina. Le habia sonreido y le habia preguntado por Fatima —a lo que Hernando musito una respuesta ininteligible que Aben Humeya confundio con timidez—, y luego le habia ordenado que se ocupase de los animales. «Necesitamos de tus conocimientos con los caballos —anadio despues el rey—. Te dije que los hombres volverian, ?recuerdas?»
Y asi fue. En esos quince dias Hernando habia podido comprobar como aumentaba el numero de caballos. Los moriscos volvian a las sierras con su rey y le juraban fidelidad hasta la muerte.
— El marques de Mondejar ha sido destituido como capitan general del reino y le han llamado a la corte —le explico un dia el Gironcillo, mientras el herraba al alazan, que continuaba sosteniendo el peso del enorme monfi y su arcabuz con el canon mas largo de todas las Alpujarras. Hernando, con el casco del caballo apoyado sobre su muslo, levanto la cabeza hacia el—. Han vencido los escribanos y leguleyos de la Cancilleria, los mismos que nos quitaron nuestras tierras y que no tardaron en hacer llegar al rey sus quejas por el perdon que concedia el marques a nuestro pueblo. ?Quieren exterminarnos!
Con un gesto de la mano, Hernando apremio al Gironcillo a que le alcanzase la herradura.
—?Quien manda ahora en las tropas cristianas? —inquirio
