menos, en cuanto ponia el pie en el estribo de alguno de los caballos, se olvidaba de Aisha y de Fatima, de Brahim y de todos los moriscos que murmuraban a sus espaldas... y eso era lo que necesitaba.
En algunas ocasiones el mismisimo rey cabalgaba con el y le ensenaba. Como noble que era, Aben Humeya dominaba la equitacion. Entre ambos se establecio una relacion que bordeaba la amistad mientras cabalgaban por las sierras. El rey le hablo de los juegos de canas y de las corridas de toros en las que habia participado a lo largo de su vida y tambien del significado de los demas colores de las capas de los caballos: los blancos, que provenian del agua, flematicos, blandos y tardios; los castanos, del aire, de templados movimientos, alegres y ligeros; y los alazanes, del fuego, colericos, ardientes y veloces.
—El caballo que logre participar de todos esos colores y combinarlos en su capa, en las coronas de los cascos, las cuartillas o las canas, en las estrellas de su frente o en los remolinos, en sus crines o en la cola, sera el mejor —le dijo una manana el rey.
Aben Humeya cabalgaba tranquilamente sobre un alazan tostado; Hernando peleaba una vez mas con el morcillo, que el rey le habia regalado.
Al caer la tarde Hernando volvia con sus mulas, junto a la cueva. Entonces Aisha y Fatima le observaban pasar cabizbajo, tras un saludo a todos y a nadie, y refugiarse entre sus animales, como si acudiese a aquel lugar solo por ellos. Sin embargo, las dos mujeres se daban cuenta de que el muchacho jamas olvidaba su alfanje, que acariciaba instintivamente tan pronto como se escuchaba la voz de Brahim. Solo hablaba con sus mulas, principalmente con la Vieja. Todos los moriscos de las cuevas de los alrededores, algo celosos de los favores que el rey prodigaba al nazareno, habian tomado partido por Brahim y, si alguno dudaba, tampoco queria buscarse problemas con el imponente arriero.
Aisha sufria en silencio al ver a su hijo en ese estado, y ni siquiera Fatima pudo permanecer ajena a la melancolia que embargaba a Hernando. Durante los primeros dias, la ira la habia llevado a actuar con desden. ?Cuantas veces habia pensado en ello durante el mes en que estuvo de viaje? Aquella noche habia estado esperandole: Aisha le consiguio un poco de perfume, solo unas gotas, y ella, en cuanto oyo que el barullo en la tienda del rey empezaba a decaer, lo dejo correr entre sus pechos fantaseando con las caricias de Hernando. ?Pero el no aparecio! El deseo se convirtio en desprecio: se imagino escupiendo a sus pies tan pronto volviera, dandole la espalda, gritandole... ?Pegandole incluso! Luego llego el desvergonzado acoso de Brahim, sus miradas lascivas, sus roces, sus constantes insinuaciones... Cuando tuvo conocimiento de que Brahim, enterado de la muerte de su esposo y de que no tenia otros parientes, habia pedido su mano al rey, maldijo a Hernando y le insulto entre lagrimas. La noche en que Hernando la salvo de Mecina y le informo de la decision del rey, se sintio ofendida y aliviada a la vez. Cierto, ya no debia casarse con el odioso Brahim, pero ?que se creia Hernando? ?Que el o el rey iban a decidir el futuro de Fatima y de su hijo sin contar con ella?
Pero los dias pasaban y el siempre volvia para vigilarlas, erguido o a veces cojeando debido a alguna caida, resignado al desprecio con que era tratado, pero tambien siempre dispuesto a salir en su defensa: lo habia demostrado soportando la paliza de Brahim sin protestar. El nazareno, le llamaban todos a sus espaldas. Aisha se habia visto obligada a contarle la razon de aquel mote y la muchacha, por primera vez desde que Hernando retornara, sintio como se le agarrotaba la garganta. ?Creeria Hernando que ella tambien era participe de ese desprecio? ?Que pensaria alli, solo entre sus mulas?
