Una noche, cuando Aisha se dirigia a entregar la cena a su hijo, Fatima fue hacia ella y le pidio el cuenco. Queria acercarse a el. Estaba tan pendiente del temblor de su mano que no se percato del gesto de preocupacion con que Aisha recibio aquella solicitud.
Hernando la esperaba en pie; casi no podia creerse que fuera Fatima la que estuviera caminando hacia el.
—La paz sea contigo, Ibn Hamid —empezo a decir Fatima ya frente a el, ofreciendole la comida.
—?Puerca! —se oyo que gritaba Brahim frente a las cuevas.
El cuenco cayo de las manos de la muchacha.
Fatima se volvio para ver como Brahim, a la luz de la hoguera, abofeteaba de nuevo a Aisha. Hernando se adelanto un par de pasos con la mano en la espada, pero volvio a detenerse. Brahim levanto la vista y la clavo en Fatima, y entonces la joven entendio la mueca de Aisha: habia tratado de advertirselo con la mirada. Si Fatima se acercaba a Hernando, ella pagaria las consecuencias. El rostro de Brahim expresaba una satisfaccion malsana mientras levantaba la mano para descargarla otra vez sobre su esposa. Fatima regreso corriendo a la cueva. Brahim la vio pasar por su lado y solto una carcajada.
16
En abril de 1569, el recompuesto ejercito morisco y sus seguidores, mujeres y ninos entre ellos, marcho hacia Ugijar con Aben Humeya y sus intimos por delante: entre ellos, cabalgando orgulloso, iba Hernando. La larga columna aparecia encabezada por una guardia de arcabuceros que llevaba el nuevo estandarte bermejo adoptado por Aben Humeya.
Al rey y sus lugartenientes les seguia la caballeria morisca y despues la infanteria, que en esta ocasion habia sido dispuesta ordenadamente, conforme a las tacticas cristianas: repartida en escuadras mandadas por capitanes que portaban sus propias banderas, que en parte se habian confeccionado durante la espera en las cuevas por encima de Mecina, en tafetan o seda, en blanco, amarillo o carmesi, con lunas de plata u oro en su centro, flecos de seda u oro, o borlas guarnecidas con aljofar. Pero otras escuadras marchaban arrogantes bajo estandartes y banderas antiguas, recuperadas de cuando los musulmanes dominaban al-Andalus, como la de las gentes de Mecina, de tafetan carmesi bordada en oro y con un castillo con tres torres de plata en su centro, o incluso alguna robada a los cristianos, como el estandarte del Santisimo Sacramento de Ugijar, en damasco carmesi con flecos de seda y oro, en el que los moriscos bordaron lunas de plata. Cerraban la marcha, como era habitual, los bagajes y multitud de gente inutil: mujeres, ninos, enfermos y ancianos.
Todos avanzaban hacia Ugijar al son de atabales y dulzainas, saludados entusiastamente por los habitantes dedicados al cultivo de las tierras por las que transitaban, porque aquella era la orden que dio el rey: no se podia prescindir del laboreo. Los cristianos recibian suministros de fuera de Granada, pero ellos solo disponian de sus propios recursos; la inesperada tregua proporcionada por la toma de posesion de don Juan de Austria, que continuaba enzarzado en discusiones en la ciudad, les brindaba la oportunidad de sembrar y recoger una nueva cosecha.
Hernando cabalgaba erguido, dominando al morcillo, refrenandolo constantemente para que no adelantase al grupo de caballeros que le precedian porque entre ellos se encontraba Brahim, convertido en inseparable companero de un Aben Aboo al que se le tuvo que forrar la montura con varias capas de piel de cordero para que las cicatrices no le molestasen, aunque ni asi podia evitar las muecas de dolor de su rostro. Aben Aboo cabalgaba al
