lado de su primo, el rey, y Brahim iba detras de el.

Ni siquiera desde su montura lograba Hernando vislumbrar la retaguardia del ejercito porque se lo impedian los grandes jefes monfies que cabalgaban tras el. Alli estaban las mujeres, entre ellas Aisha y Fatima, y las mulas, cuidadas por Aquil y un chavalillo espabilado llamado Yusuf, al que Hernando conocio por las cuevas y a quien pidio que ayudara a su hermanastro. ?Como iba Aquil a controlar el solo la recua?

Ugijar los recibio engalanada y al son de musica y zambras. No era la ciudad que conocieron huyendo de los cristianos. En la iglesia-colegiata se trabajaba a destajo para su reconversion en mezquita. Las campanas en las que los moriscos volcaban su odio aparecian destruidas a los pies del campanario, y en el triangulo que formaban las tres torres defensivas del lugar se ubicaba un zoco que se desparramaba por las calles adyacentes. Todo era color, aromas y bullicio, y gentes nuevas, sobre todo gentes nuevas: berberiscos, corsarios y mercaderes musulmanes del otro lado del estrecho. La mayoria vestia de forma similar a como lo podian hacer los moriscos, algunos con chilabas, pero lo que verdaderamente extrano a Hernando fue el aspecto de muchos de ellos: algunos eran rubios y altos, de tez lechosa; otros pelirrojos de ojos verdes, y tambien podian verse negros libres. Todos se movian entre los berberiscos de piel tostada como si pertenecieran a sus tribus.

— Cristianos renegados —le comento el Gironcillo cuando, embobado ante un imponente albino caucasico, Hernando casi llego a chocar con el hombre.

El albino le sonrio de forma extrana, como... como si le invitase a echar pie a tierra e irse con el. Se volvio turbado hacia el monfi.

— Nunca te fies de ellos —le aconsejo el Gironcillo tan pronto como dejaron atras al albino—, sus costumbres son bastante diferentes a las nuestras: gustan de los muchachos como tu. Los renegados son los verdaderos duenos de Argel; el corso es suyo y nos desprecian. Tetuan es morisca; Salah, La Mamora y Velez tambien, pero Argel...

—?No son turcos? —le interrumpio Hernando.

—No.

—?Entonces...?

—En Argel, con los renegados, conviven verdaderos jenizaros turcos enviados por el sultan. —El Gironcillo se alzo sobre los estribos y ojeo el zoco—. No. No han llegado todavia. Los reconoceras en cuanto lo hagan. Los jenizaros no dependen del beylerbey de Argel, solo del sultan, de quien reciben ordenes a traves de sus agas, sus propios jefes. En su dia, hara cuarenta anos, Jayr ad-Din, al que los cristianos llaman Barbar roja, sometio su reino a la Sublime Puerta, a nuestro sultan, a aquel que debe ayudarnos en la lucha contra los cristianos... Pero no te equivoques: los renegados que dominan Argel no son de fiar, sobre todo para hermosos muchachos como tu. —Rio—. ?Nunca les des la espalda!

La carcajada del Gironcillo puso fin a la conversacion. Aben Humeya desmontaba ya y le busco con la mirada; Hernando debia hacerse cargo de los caballos. Entre el caos, trato de vislumbrar a Fatima y Aisha, pero la retaguardia de la columna ni siquiera habia llegado a entrar en el pueblo. Primero debia acomodar a los caballos; luego volveria a ver que es lo que sucedia con las mujeres.

Igual que habia hecho en Paterna con las mulas, Aben Humeya dispuso a varios arcabuceros de su guardia a las ordenes de Hernando. Mas alla de las abarrotadas calles de detras de la iglesia de Ugijar, donde la ciudad empezaba a perderse en campos, encontro una buena casa de dos pisos, grande y con tierras suficientes, debidamente cercadas por un muro bajo, como

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